Mi amigo el cocodrilo

Osbaldo Contreras

Felipe conducía veloz. Sobre el toldo de su taxi transportaba a un cocodrilo vivo. Este debía medir unos cuatro metros de longitud. Su larga cola casi le arrastraba en el pavimento. Huían de un terrario en la ciudad, del cual Felipe lo había rescatado, porque estaba convencido de que se trataba de su mejor amigo y vecino de toda la vida: el Flaco. Solo que había sido transformado en un reptil por culpa de un hechizo, lanzado por la esposa de su amigo.

 

—¡No te asustes, Flaco! ¡Te pondré a salvo! —gritaba Felipe a través de la ventanilla mientras aceleraba—. ¡Agárrate con fuerza; no te vayas a caer!

 

Ya fuera por instinto o porque en verdad comprendía las palabras de su salvador: el cocodrilo clavó las garras en la carrocería del taxi para sostenerse.

 

Por el espejo retrovisor Felipe buscaba patrullas. Por suerte, no encontró alguna, ni tampoco otro vehículo que los persiguiera. Escapar le había resultado; era hábil con el volante. Conocía buenos atajos y, además, estaba decidido a salvar a su amigo.

 

Aarón, alias el Flaco, llevaba desaparecido más de tres meses. Felipe nunca dejó de buscarlo e investigar cualquier pista que pudiera. Desde el inicio tuvo sospechas de la esposa de su amigo; él creía que ella era responsable de su desaparición, pero la policía no había encontrado nada para incriminarla y no tenían el cuerpo de Aarón para analizarlo. Sin embargo, Felipe no se daría por vencido. Decidió seguir conviviendo con ella. En una ocasión comenzaron a beber y logró emborracharla. Se siguieron durante un par de días, hasta que una noche ella le confesó la verdad.

 

—Aarón… era muy aburrido después de que nos casamos —le dijo a Felipe—. Cuando éramos novios, me divertía mucho con sus ocurrencias… luego cambió cuando puso el gimnasio. Se dedicó a su trabajo más que a mí… ¡No lo aguanté más y lo convertí en lagarto, porque soy una bruja!

 

—¡No te creo que seas una bruja! Tal vez lo dices porque te sientes culpable de su desaparición.

 

—¡Sí lo soy!… con un hechizo lo volví verde y grandote; luego llamé a Control de Animales y se lo llevaron.

 

Felipe no podía creer lo que había escuchado. Aun así, era una pista más y necesitaba seguirla. Ingresó a laborar como voluntario en ese terrario, porque era muy probable que ahí fuera a parar Aarón. Tuvo acceso limitado a los cocodrilos, aunque decidió arriesgarse un poco más y se acercó a ellos. Quería verlos de frente y hablarles, pero la mayoría fueron agresivos e intentaron morderlo. Solo uno no lo atacó.

 

—¡Amigo, Flaco, ¿eres tú?!

 

El cocodrilo parecía estar sumido en sus pensamientos. Al escuchar la pregunta, reconoció la voz. Los ojos se le llenaron de lágrimas; comenzó a mover la cola sin control, salpicando agua en todas direcciones. Parecía un perro emocionado. Felipe comprendió que lo había logrado: ¡ese era el Flaco! Lo había encontrado. Se abrazaron con fuerza.

 

Lo siguiente fue secuestrarlo del lugar.

 

Felipe estacionó en un oscuro callejón, junto a un enorme gimnasio. El edificio pertenecía al Flaco y ahora a su esposa.

 

—¡Flaco, suelta la puerta para que pueda bajarme! —gritó Felipe—. Luego te ayudaré a bajar del toldo.

 

El cocodrilo liberó la tensión de las garras; eso le permitió salir del taxi a Felipe. Aarón comenzó a descender por el cofre; era tan fuerte y pesado que abollaba todo a su paso. Después se acercó hasta quedar frente a Felipe.

 

—¡Amigo! Adentro tengo amarrada a tu esposa. Ella me confesó cómo te convirtió en esto. Debemos obligarla a que revierta el hechizo.

 

El cocodrilo asintió con la cabeza y caminó hacia la entrada del gimnasio.

 

Dentro, en el área de los aparatos para hacer ejercicio, estaba atada Miriam, la esposa de Aarón. La custodiaba un empleado.

 

—¡Retírate! —ordenó Felipe.

 

El empleado salió.

 

—Flaco, la voy a desamordazar para que podamos hablar con ella.

 

Con una velocidad sorprendente, el cocodrilo se lanzó sobre la joven atada. Saltó para morderle la cabeza, la cual hizo estallar y continuó mordiendo hasta tragarla. Se siguió con el resto del cuerpo. Felipe observaba atónito.

 

—¡Pinche, Flaco! ¡Por tus pendejadas te quedarás así!