Mensaje cósmico | Ángela Castrillón
Se acostó en el césped a contemplar las estrellas. Su pueblo, alejado de la ciudad, carecía de postes de luz, lo que proporcionaba la oscuridad perfecta para admirar el firmamento. Recordó que solía hacer esto con su familia. No pudo evitar descruzar los brazos y mirar su piel, marcada por las quemaduras. Había intentado salvarlos a todos, pero no lo logró. A menudo se preguntaba: ¿Cuál es el sentido de seguir vivo? ¿Por qué no morí como los demás? Le resultaba increíble que, habiendo tenido una familia tan grande, llena de personas y animales, ni siquiera un gato hubiera quedado para hacerle compañía. Una lágrima asomó por su ojo izquierdo, pero antes de que cobrara fuerza, la detuvo. No quería llorar más; no tenía sentido. Sabía que las lágrimas no devolverían a nadie, ni lo harían sentir mejor. Al contrario, consumirían las pocas fuerzas que le quedaban para seguir adelante. Había intentado reunir el valor para suicidarse y reunirse con su familia, pero la cobardía se lo impedía.
Comenzó a observar el cielo con detenimiento. Siempre había dicho que le gustaría aprender los nombres de las estrellas y las constelaciones, pero nunca se había animado a emprender ese proyecto. Ese había sido el papel de la pequeña Sara en la familia. Ella parecía una astrónoma profesional, y solía atribuir su conocimiento a los libros de la biblioteca de la plaza principal. Poco a poco, le pareció ver la sonrisa de Sara dibujarse en el cielo y acercarse hacia él. Sintió un poco de miedo, pero decidió enfrentarlo. De repente, comenzó a elevarse del suelo. Quiso escapar, intentó incorporarse para correr, pero era inútil: sus pies ya no tocaban la tierra. La sonrisa de Sara, formada por estrellas, pronto se unió a los rostros de su madre Clara, su padre Raúl, sus sobrinos Romeo y Pedro, sus hermanos Luis y Jerónimo, y sus cuñadas Rita y Miryam. Todos giraban alrededor de él, o quizás era él quien giraba alrededor de ellos; era difícil distinguirlo, además de que todo ocurría muy rápido. De pronto, sintió un peso en su cabeza: era Simón, el gato, que solía saltar sobre él. En sus piernas se contorneaba Pablo, el otro gato, y pronto sintió que su perro Ernesto se apoyaba en sus muslos, levantándose sobre sus patas traseras. Todos parecían tan felices, y él sentía una energía tan reconfortante. No pudo evitar llorar y decir:
—Los extraño. Quiero estar con ustedes. Ya no quiero seguir solo.
Las voces, al unísono, respondieron:
—Todavía no es hora. Primero debes encontrar a tu familia.
—Pero ustedes son mi familia —respondió él, confundido.
—Espiritualmente, sí —cantaron las voces—, pero de sangre no. Eres adoptado.
Tras esas palabras, todos desaparecieron. Mike cayó al suelo, la noche recuperó su oscuridad y perdió el conocimiento.
Al día siguiente, despertó con el murmullo de unos vecinos que, a lo lejos, observaban algo con asombro. Se acercó lentamente para distinguir qué era. En medio del campo, encontró una enorme piedra de color bronce, caliente al tacto, como si fuera de metal, con huecos de diferentes tamaños. En uno de sus lados, se leía: Mike Ríos Pérez. Esto le resultó extraño, ya que su nombre era Mike Cruz Castro. ¿Sería esta la primera pista que su familia le había dado para encontrar a su verdadera familia? La idea le sonaba extraña, pero no podía negar que algo había cambiado.
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