Más allá de las sombras

Osbaldo Contreras

Anuar brillaba; era un joven bioluminiscente. Pertenecía a un mundo oscuro, aislado del resto del universo. Desde hacía miles de años, la contaminación y las guerras habían formado una gruesa capa en la atmósfera, alrededor del planeta. Esta había bloqueado el ingreso de los rayos solares y de otros astros. La población fue diezmada, entonces, y los escasos supervivientes, con el tiempo, se adaptaron a las nuevas condiciones. Carecían de ciencia y tecnología: volvieron a ser primitivos. Además, evolucionaron hasta convertirse en seres que emitían luz por la piel, como él.

Les resultaba imposible medir el tiempo. No tenían referencias como el día y la noche, o las distintas estaciones del año. Para ellos, todo era oscuridad, excepto sus cuerpos. Después descubrieron que el brillo y la edad estaban relacionados; eso les dio una idea para lograr medirlo.

Todos andaban desnudos para aprovechar su luz. Los recién nacidos tenían el mayor brillo posible; eran como pequeñas lámparas con focos muy potentes. Iluminaban hasta los cinco metros de distancia con excelente calidad. En los adultos, la intensidad descendía a tan solo dos a tres metros de distancia. Y a los ancianos nada más les permitía observar lo que tenían enfrente, a escasos centímetros de los ojos. Al reducirse más, seguía la muerte.

 

—¡Hola, Meissa! ¿Cómo estás? —preguntó Anuar—. Siento mucho la pérdida de tu abuelo.

—¡Gracias! —Hizo una mueca y bajó la mirada—. Me duele mucho, aunque trato de aceptar que fue lo mejor porque, cuando se quedaba solo en casa, sufría muchos accidentes; con su brillo ya no veía el entorno. Además, ya estaba muy débil. No pude cuidarlo como él necesitaba.

—¡Oye, no te culpes! También lo voy a extrañar mucho. ¿Te conté la vez que me asustó y caí en el río?

Ella negó con la cabeza.

—Yo iba caminando por el sendero de troncos secos; regresaba de la casa de unos amigos, y de pronto tu abuelo se apareció a mi lado, junto a un tronco. Caí al agua. Me dijo: «Gritas como niña, Anuar», y se burló de mí mientras me ayudaba a salir. Después volvió a desaparecer. Fue cuando me mostró su tela (creo que así la llamaba), con la que se cubrió para apagarse. Me contó: «La encontré en una ciudad abandonada». Aunque tampoco entendí a qué se refería.

—¡Sí! Se la pasaba contando historias fantásticas sobre los objetos extraños que tenía y el supuesto viaje que había realizado. 

—¡Guauuu! Deben de ser objetos maravillosos.

—¡Es cierto! —asintió ella—. Esos los quiero conservar.

—¡¿Sabes?! Hoy noté una fuerte disminución en el brillo de mi madre… Tengo miedo de que se apague pronto.

—Eso no pasará, Anuar. Ella es fuerte. ¡Ya verás que seguirá su luz mucho tiempo!

—¡Sí, lo hará! —sonrió optimista.

—Además, ella debe tener más o menos la edad de mi madre y también la de mis tías, así que no le veo problema: ellas están muy bien.

La calle donde se encontraban se iluminó con intensidad. Un grupo de niños pasó corriendo a su lado; estaban jugando. Al retirarse, el espacio recobró la oscuridad.

—Por eso dicen que la mejor compañía que podemos tener es la de un niño o la de un recién nacido; ofrecen la oportunidad de iluminar una mayor distancia —comentó Meissa—. Pero me desesperan muy rápido; no los soporto. Prefiero mi luz.

—¿Te gustaría ver algo increíble? Más allá de la laguna, en la pendiente, descubrí una caverna. Dentro tiene una enorme puerta que no pude abrir. Creo que conduce a uno de esos lugares de los que tu abuelo hablaba.

—¡Está prohibido acercarnos a zonas antiguas, Anuar! ¡Son peligrosas!

—¡¿Por qué?! No me pasó nada malo. Cuando estaba frente a la puerta, muchas esferas brillaron con más potencia que la de los bebés. Iluminaron toda la caverna; nunca había visto tan lejos. Asustado, me retiré. Todo se oscureció.

 

—Pero nos verían fácil. Seríamos dos puntos brillantes viajando en esa dirección, y nadie camina por ahí. Nos van a castigar.

—Podemos cubrirnos con la tela de tu abuelo. Desapareceremos de la vista de todos. ¡Vamos, Meissa, será divertido!

Sin pensarlo mucho, ella aceptó. Fueron a por la tela e iniciaron su aventura hacia lo desconocido.