Roy Carvajal

Manipulación cuántica

En el desierto de Nevada, a cien metros bajo una zona plagada de plataformas de cohetes comerciales, se ocultaba un búnker diminuto. Pantallas de video en las paredes de hormigón, proyectaban cielos despejados, conometrando la hora del día para no atrofiar el reloj circadiano de los científicos. Leds sobre el techo de plomo, generaban luz artificial. Carente de ventanales, los tubos de ensayo y cientos de matraces de Erlenmeyer eran lo único de vidrio que reflejaba la luz artificial.

La tabla periódica holográfica iluminaba azul la tez morena de Alberto Levi. El joven científico pasaba horas entregado a sus teorías. Experimentaba con Chronium, un elemento que alteraba el flujo del tiempo, fusionándolo con Aetherium, conocido por desafiar la gravedad. Nunca se atrevió a experimentar con Psionita, por ser tan volátil. Alberto se fascinaba no sólo por la complejidad de los viajes en el tiempo, sino también por su encantadora jefa. 

Rachel Carson, una renombrada doctora de mediana edad, dirigía el laboratorio con mano firme. La mujer usaba un batón turquesa hecho a la medida, que contrastaba con su piel blanca y cabello pelirrojo anudado en moño. Sus ojos almendrados tras las gafas de seguridad, cautivaron al joven científico.

Aquella noche investigaban la manipulación cuántica. Alberto succionó Chronium en una probeta y sintió de cerca el aliento de Rachel, mientras lo supervisaba. Sin contener sus emociones, le dijo:

—Doctora, he estado pensando… este laboratorio, y usted, son como un sentimiento del que no puedo salir.

La doctora lo miró seria, ocultando sus pensamientos:

—Alberto, la ciencia es un baile de moléculas en evolución, cada movimiento es esencial para una reacción.

—Pues este baile me tiene mareado —respondió con ironía.

La doctora dejó entrever una sonrisilla.

—No me llames doctora, dime Rachel.

Ante semejante insinuación, volcó sin querer el contenedor de Chronium. Se derramó sobre el Aetherium en grandes cantidades.

La reacción química estalló en una nube púrpura que los envolvió entre vidrios de tubos de ensayo.

 

Aparecieron en la prehistoria, desnudos como los primeros homínidos, en la era de hielo. La cueva les recordó el búnker. Claustrofobia. Una luz a la entrada apenas dejaba ver sus ojos. 

—Alberto,¿qué hiciste? ¡Por Newton que te falta pericia! —le reprochó, cubriéndose los senos. 

—Soy un cabeza hueca… ¿Cómo me ilusiono con una mujer como tú?

—¿Qué quieres decir?

—¡Nada! No me fijé en la cantidad de Chronium. Pero… ¡mira qué hallazgo!

—Ajá… inventaste la forma de reiniciar la humanidad… ¿que haremos para regresar a nuestro mundo de progreso y bienestar?

—Shhh… ¿Lo oyes?

—Te has vuelto excéntrico. No escucho nada.

—¡Exacto! No se oye nada porque estamos en una paradoja de tiempo y espacio. Por razones del destino, las cantidades de Chronium y Aetherium fueron las justas.

—Un científico que cree en el destino, perdiste la cabeza de verdad.

—Nuestra conexión emocional creó una falla en el espacio-tiempo.

Rachel quedó pensativa. Gritó atónita: 

—¡Cruzamos la barrera cuántica! Esto va más allá de la física… ¡las emociones reaccionan ante cuerpos tridimensionales!

Rachel acercó su mano a la entrepierna de Alberto. Sintió el calor de ambos cuerpos, soltó su moño pelirrojo y se aferró con fuerza al torso juvenil. Alberto aspiró con placer el cabello perfumado. La doctora sonrió con complicidad. Juntaron sus cuerpos y la energía recorrió sus venas.



Aparecieron de regreso en el búnker, desnudos, con sus nalgas apoyadas sobre el piso frío. Las pantallas aún proyectaban imágenes del antiguo desierto de Nevada. Una tormenta de nieve. Cohetes inclinados, derribados en el hielo. Alberto le alcanzó unas batas. A pesar del frío, no se tocaron. Las luces led iluminaban centelleando y la salida del búnker, tapada con restos de hormigón. El peso de la superficie aplastando su prisión diminuta. 

—Vi que usaste Psionita además de Chronium y Aetherium —dijo Rachel mirando la salida.

—Ja, ja. Me descubriste. Como líder, posees talento para motivar. Sabes, quienes entran en contacto con Psionita desarrollan poderes mentales arriesgando una embolia cerebral.

—Preferiría morir a no experimentarlo.

Se incorporó y avanzó descalza entre los vidrios. Tomó la pipeta y cargó unas gotas del elemento. Disolvió una en su lengua. Se acercó a él. Sus senos firmes sintieron el frío del pecho de Alberto y lo abrazó con fuerza. Rozaron sus lenguas y se besaron hasta desaparecer en una nube púrpura.