Malentendido | Ana Patricia Martínez
Era otra tarde cualquiera en el viejo departamento donde yo trabajaba seis días a la semana como cuidadora de aquella anciana bondadosa. Me resultaba fácil interesarme por la plática acompañada de té caliente que ayudaba a que fluyeran las anécdotas graciosas y las deliciosas galletas que endulzaban algún triste recuerdo. Dolores era una buena narradora y yo pensaba que quizás exageraba o adornaba un poco sus historias, pero qué importaba, ella sólo necesitaba la compañía que pagaba con sus ahorros. Aparte de los achaques de la edad no padecía ninguna enfermedad más grave que el abandono de su hijo del que tenía fotos por todo el lugar. Se notaba que eso le dolía e iba minando sus fuerzas y extinguiendo la llama de su vida.
Lolita requería de pocos cuidados, una señora se encargaba de las tareas de la limpieza y a mí me tocaba darle sus medicamentos, ver que tomara sus alimentos y hacerla caminar, aunque fuera por los pasillos del edificio o en los días buenos por el jardín común donde nos sentábamos en la banca a tomar el sol disfrutando del aire y de las flores.
Yo estudio enfermería por la mañana y este trabajo cuidando a la vecina era perfecto. Llegaba a darle de comer y me despedía después de cenar y acostarla. He llegado a quererla y ella se preocupa por mí como si fuera mi abuela.
Aquella tarde la plática rondó en torno a una antigua foto donde Lolita posaba orgullosa al lado de su hijo vestido con toga y birrete. Nunca le había preguntado por Juan Pedro. Sabía su nombre por los relatos de su niñez que la anciana quiso compartir conmigo, alguna vez. En la foto se les veía felices y abrazados ante la cámara.
Ella decidió tomar la foto y contarme que su hijo era un abogado prominente. Permanecí callada esperando con curiosidad lo que quisiera compartirme.
ꟷ ¡Cómo quisiera volver a aquellos tiempos! ꟷ exclamó con un suspiro y prosiguió:
ꟷ Nos apoyamos mutuamente después del fallecimiento de mi esposo cuando Juanpi sólo tenía seis años. Mi niño pareció volverse menos tímido dejando atrás sus miedos infantiles. Te parecerá increíble pero, aunque no me resultó fácil la viudez, llegué a pensar que esa muerte fue buena para mi hijo. No me malentiendas, pero lo vi desarrollarse y ser feliz, como si le hubieran quitado una lápida de la espaldaꟷ al confesarme esto suspiró aliviada, como si sacara una gran presión que podía estallarle en el pecho.
Yo acaricié su arrugada mano que sostenía la foto y sentí la humedad salada de sus lágrimas. La tenue luz de la lámpara hacía más íntimo el momento
ꟷLuis, mi esposo era como muchos en esa época. Chapado a la antigua, yo obedecía sin preguntar. Nos mantenía en un buen nivel mientras yo me encargaba de la casa y me refugiaba en el cariño de mi hijo. Dejó su correduría de seguros encaminada y al faltar él aprendí y la saqué adelante. Pagué los estudios de Juan Pedro y guardé lo suficiente para mi vejez. Ahora que lo pienso yo también florecí y me liberé. Me di cuenta de que con Luis nunca fui feliz. Aquel infarto fue una bendición.
Era un padre muy estricto, organizaba actividades “sólo para hombres” con nuestro hijo. Campamentos, deportes, etc. Aduciendo que tenía que hacerlo hombre. Juanpi regresaba muy callado, triste. Yo no podía intervenir, eran otros tiempos. Lo comenté con mis padres y me dijeron que no me metiera. Y así siguieron las cosas hasta que le llegó la muerte.
Aquel día de la graduación hubo un baile. Mi hijo se embriagó y al llegar a la casa de madrugada me espetó:
ꟷ ¿Cómo pudiste dejar que mi padre abusara de mí?ꟷ inquirió golpeando mi rostro y rompiendo mi corazón con sus palabras. En ese momento comprendí una y mil situaciones, los recuerdos me apabullaron dejándome muda.
Juan Pablo asumió que yo siempre lo supe y me dejó para siempre. He pasado media vida recriminándome por no haberle dicho que no me di cuenta, que jamás lo hubiera permitido.
Contacté a Juanpi y los reuní en un consolador abrazo.
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