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Luna | Fernanda Almagro

Luna | Fernanda Almagro

Mi madre siempre me llamaba «su trocito de luna». Cada noche mirando al cielo me decía que yo era un pedacito de luna y que por eso solo debía salir al caer la tarde, como el pálido astro. Y cuando no quedaba más remedio que hacerlo de día me cubría el cabello y parte de la cara con un gran pañuelo y me tiznaba el rostro de negro, como el suyo. La verdad es que no me gustaba el sol, su luz me deslumbraba como si lo llevara pegado a mis ojos. 

Siempre estábamos mudandonos de un lugar a otro por lo que nunca pude hacer amigos. Al principio no me parecía extraño. Tampoco el que mi madre trabajara todo el día, generalmente en nuestras sucesivas casitas de adobe, cosiendo, haciendo de peluquera, guisando para luego vender la comida en el mercado, ni que el color de su piel y de sus ojos fuese tan distinto al mío.Si de algún modo procedía de la luna estaba claro que debía parecerme más a ella que a mi propia madre. 

Los días de mercado siempre parecía preocupada, incluso asustada. Años después comprendí por qué. 

Nunca pude ir a la escuela. Mi madre apenas sabía leer y escribir pero se las apañó para que yo aprendiera y de vez en cuando hasta me conseguía un libro. 

Un día, poco después de cumplir los siete años me despertó mucho antes del amanecer. Cada palabra que pronunció quedó grabada como un pequeño cráter en mi cerebro: 

Te quiero, Trocito de Luna. Ahora sé que no lo entenderás. Debemos separarnos. Tenía la cara magullada, la ropa manchada de rojo y grandes ojeras. Aquí corres peligro y yo ya no puedo protegerte. Quédate donde yo te deje y solo diles que pongo tu vida en sus manos. No debes intentar buscarme. Has de saber que siempre te querré, que cada noche te veré lucir allí arriba. Apenas me dejó hablar, ni tan siquiera llorar. Debíamos ser silenciosas para que nadie nos 

oyera. 

Después del amanecer llegamos a la ciudad. Buscamos la calle cuyo nombre alguien le había apuntado en un papelito amarillento. Lo que ví al llegar me dejó tan sorprendida que durante unos instantes olvidé que mi madre se marchaba. Un grupo de niños de cabello, cejas y pestañas blancas como las mías y ojos azules claros, jugando y riendo. 

Mi madre aprovechando el desconcierto llamó al hombre que parecía vigilar la entrada. Al principió dudó en abrir hasta que su mirada se posó en mí. Entonces mi madre me abrazó, le entregó una nota al hombre y salió corriendo. 

Han pasado veinte años. He sido feliz con mi familia adoptiva, siempre me han querido e incluso intentaron buscar a mi madre para poder ayudarla, pero nunca la he olvidado. Cada noche, contemplando la luna, la recuerdo y sé lo duro que tuvo que ser para ella el tener que dejarme. También comprendí por qué fue entonces, el por qué de su cara magullada y sus manos ensangrentadas: me defendió de uno de los» cazadores de carne albina” Quizá lo mató y por eso tuvo que huir. 

Cada año vuelvo al lugar donde me acogieron. Allí intento buscar una nueva vida para todos esos «trocitos de luna» y hacer comprender a todos que nuestra sangre es roja como la de ellos, que solo cambia el color de fuera.

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