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Las Moiras | Cristina Solanas

Las Moiras | Cristina Solanas

En una oficina sin ventanas, iluminada por pantallas, trabajan tres mujeres que nunca  fichan la salida. No teclean en máquinas de coser, ni tuercen hilos de lino: ahora sus  dedos bailan sobre teclados, y cada línea de código es un destino.  

Cloto abre un archivo nuevo. Lo nombra con un número larguísimo, incomprensible, y  empieza a escribir:  

Nacer (humano):  

 asignar_nombre ()  

iniciar_latido ()  

 retornar_llanto ()  

Cada vez que presiona “enter”, un cuerpo aparece en el mundo: húmedo, tembloroso,  hambriento. Nadie sospecha que su llegada depende de la cadencia de esas teclas  invisibles.  

Láquesis revisa los procesos en ejecución. Monitorea con pantallas negras, llenas de  líneas verdes que desfilan sin descanso. Ajusta variables: duración = aleatorio (20, 90);  afecto = 0.73; soledad = 0.42. Ella mide la extensión de cada vida como si fuera un  ciclo de reloj. Un error en su cálculo puede alargar un siglo o recortar una infancia. Sabe  que todo sistema es frágil, pero sonríe: incluso el caos obedece a un patrón.  

Átropos, en cambio, no escribe mucho. Su trabajo es sencillo y absoluto. Una tecla. Un  comando:  

muerte -9 proceso 

Cuando pulsa “enter” un corazón se detiene en silencio. La pantalla apenas parpadea,  pero en el mundo alguien se desmorona sobre una cama, en una calle, en un río. No  duda: la certeza es su única virtud.  

Los humanos todavía hablan de destino como de un hilo invisible, una cuerda que se  corta o se tensa. No saben que ahora son líneas de código, algoritmos desplegados en  servidores remotos, datos almacenados en nubes que jamás verán el cielo.  

A veces, Cloto se divierte. Introduce pequeños errores: un niño que nace con la risa  adelantada; una mujer que sueña en lenguas que no aprendió; un anciano que recuerda  cosas de otras vidas, como si fueran flashbacks. Son bugs poéticos, grietas donde se  cuela la maravilla.  

Láquesis, más seria, detecta esos fallos y los marca como “incidencias”. Ajusta, corrige,  compensa. Pero sabe que el código nunca será perfecto: el azar se oculta en cada  paréntesis mal cerrado, en cada salto de línea inesperado. Ella misma, en secreto, a  veces deja que un error persista, porque le intriga cómo los humanos llaman “milagro” a  lo que es simplemente un glitch.  

Átropos observa todo en silencio. En ocasiones se demora antes de pulsar. Mira el  parpadeo del cursor como si fuera un reloj de arena digital. Sabe que un segundo de  espera puede cambiarlo todo: un abrazo dado, una palabra escuchada, una risa  compartida. No es misericordia; es la conciencia de que incluso la muerte necesita  ritmo.  

Ellas no hablan mucho. Su comunicación es mínima, como los paquetes de datos que  viajan por la red. Pero a veces, cuando las pantallas enmudecen, recuerdan: la  antigüedad del lino, el tacto de la lana, el sonido de las tijeras cortando un hilo. Lo  recuerdan, no con nostalgia, sino con ironía: los mortales creen que el cambio  tecnológico los libera, sin ver que su destino sigue siendo tejido.  

En los pasillos de esa oficina nadie entra ni sale. Pero los servidores arden con calor  constante, como un telar infinito. Cada vida que tú llamas “tuya” está guardada en  carpetas invisibles, compilada en rutinas que alguien escribió sin consultarte.  

Si alguna vez notas un error extraño —un déjà vu, un encuentro improbable, una  coincidencia absurda—, no lo desprecies. Es el eco de Cloto jugando con tu línea de 

nacimiento, de Láquesis modulando tu duración, de Átropos pensando si ya es hora de  presionar “enter”.  

Las Moiras ya no hilan. Pero siguen tejiendo. Solo cambiaron las herramientas:  De la rueca al teclado,  

Del hilo al algoritmo,  

Del mito al código fuente.  

Y el cursor que titila en la pantalla, es hoy la tijera que todos tememos. 

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