La última cena | Danny Déniz
Veo mis días en blanco y negro desde que ejecutaron a Farid. No tengo apetito. Ya no disfruto de la música; ya no meneo mis hombros cuando los demás bailan. Me quedé solo.
Aunque ya no sirve de nada, intento mantener la máxima discreción: la misma que teníamos él y yo en las calles. Únicamente nos dábamos tímidas muestras de afecto en la intimidad… darnos la mano, acariciarnos, abrazarnos o besarnos donde nadie nos pudiera ver o escuchar. Para los vecinos, éramos amigos; algunos pensaban que éramos hermanos. Por desgracia, para otros éramos lo que queríamos ser: Farid y Mehrdad. Me lo quitaron.
A veces, cuando cierro los ojos, existe el color. En Ciudad Esmeralda sí canto y bailo, y lo hago de cine. Convivo con Farid, paseamos de la mano, me prepara la comida, me da un beso de buenas noches o sube la persiana con un sonriente «Buenos días», mientras entran todos los matices del arcoíris. Lo siento cerca, vivo.
En repetidas ocasiones, mi sueño se torna en la misma pesadilla: un tornado se lleva todo el pigmento y me lleva volando, zarandeándome en el aire hasta que caigo y despierto sobresaltado, rememorando mi desgracia. Entonces, recuerdo que mañana me libero de estas rejas, igual que Farid.
¿Que qué quiero como última cena?, lo mismo que Farid. Necesito mucha fuerza para encontrarlo más allá del arcoíris. Nos veremos pronto.
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