La sentencia

LeMo

Le resulta insoportable el hedor acre, metálico y fétido que proviene de la celda de al lado. Lleva unos días esperando su sentencia y ha perdido toda referencia del tiempo que ha pasado en la penumbra. Lo único que sabe es que han transcurrido muchos días sin llevarse nada a la boca: sus músculos han perdido masa. Se ha convertido en un hombre enjuto, deshidratado, cubierto de fláccida piel.

Esta mañana se ha despertado por el grito de uno de los prisioneros… ese grito agudo que solo los puercos llegan a emitir cuando están hambrientos o los han degollado. El silencio que ha provocado, seguido del chillido, ha sido casi más aterrador: anuncia la muerte. 

De ahí ese olor que Arum no consigue soportar: le recuerda al río sanguinolento de aquel macabro día en el que acabaron con más de la mitad de la población de su pueblecito en Camboya. Los cuerpos inanimados yacían a las orillas del Mekong, teñido de tonos escarlata y naranja. Desde aquel día nunca más supo qué era cerrar los ojos y soñar que corría agarrado de la mano de su amada Champey o, simplemente, soñar. Era un derecho que había perdido aquella mañana. 

Ahora está aquí, prisionero sin motivo. Su único error: haber querido conservar el hogar por el que había luchado, trabajado y llorado durante mucho tiempo. Su tierra, su herencia, su sudor y su orgullo. No sabe qué han hecho con sus hijas: las dos contaban con apenas dos años cuando las secuestraron, además de a su mujer y a su madre. 

 

Los hombres aguardan en aquel agujero, mientras la esperanza, o la suerte, los mantiene vivos. 

La noche llega y, con esta, los llantos y las lamentaciones, se apoderan de las almas débiles en la oscuridad. Ya han pasado tres días desde la última vez que han recibido sustento; sus sayones se recrean y juegan a hacer de verdugos, alimentándolos lo suficiente para que no se mueran. Esta guerra ha creado monstruos, que, con toda certeza, se han olvidado del origen de la querella, ya no castigaban a los culpables, sino a todos aquellos que piensan diferente.  Y es que el poder desdeñoso que les otorga esta posición los hace sentirse potentes,  carentes de empatía. Se reúnen por la noche y cuentan las torturas que proporcionan a sus víctimas.

Pero Arum no pierde la esperanza; al fin y al cabo, es lo único que le queda. Cuando la hora le llegue, va a luchar por su vida. 

Aquel al que todos le temen llegó, sin prevenir, en medio de la noche.  Lo hizo en silencio; abrió sigilosamente la celda de Arum, acurrucado, sobre la húmeda paja, que le sirve de cama. La penumbra le impide ver quién lo despierta. Se asusta, pero enseguida comprende que no se encuentra en peligro. El trato es amable; se confía. 

El soldado, que hace guardia, está, afortunadamente, dormido, para realizar la maniobra que aquel al que todos le temen ha preparado para su conveniencia.

La mujer de Arum lo espera escondida detrás de un carro. El pacto fue bien claro: ella vendería su cuerpo a cambio de la liberación de su marido, pero no sin antes verlo por última vez.

El villano aceptó, aunque hizo hincapié en que no iba a tolerar que la vieran. Y fue así como  Champey, obediente, se limitó a decir adiós (a su bien amado), con sus labios, sin emitir ningún sonido… para siempre.