Roy Carvajal

La noticia

Levanté la vista. Sobre sus alas venía montado el duende negro. Una flecha silbó y atravesó mi pecho.

Eberhard la montaba escoltado por otras más. Sus garras me levantaron hasta lo alto de una de las torres ruinosas. Desde una almena, divisé el reflejo del río en la oscuridad, retazos de la muralla de troncos aún en fuego. Me encerraron en una jaula para mantícoras, paradójico, bajo su custodia. Perdí la llave, el corno, el zurrón, mis anteojos para leer y hasta la pipa. Solo quedó el espejillo oculto entre mis nalgas, bajo mi taparrabo, que aún protegía mi dignidad.

Los escarabajos dorados regresaron al niño, que intentaba incorporarse. Eberhard descendió de su mantícora negra. Dio unos pasos y reventó a patadas sus costillas. Se inclinó y se apoderó de la llave materializada en la mano de Oliver.

—¡Oye, sabelotodo, nos volvimos a encontrar! ¡Levántate y acabemos esta farsa!

—¡Aaaaah, basta! —dijo poniéndose en pie.

—Te lo dije, si no venías, te ganarías este puño en la cara. ¡Debías de convertirte en duende como yo y servir al duque, pero hiciste lo contrario!

Diciendo esto, reventó sus nudillos en el ojo de Oliver.

Encerrado en esta jaula, no pude hacer nada. Las mantícoras echadas en el suelo con sus alas plegadas me rodeaban, y yo, inmovilizado para no desangrarme. El espejillo mágico mostraba todo.

—¡Devuélveme la llave o quedaremos atrapados! —le respondió furioso.

—¡Iluso! Creíste las estupideces de tu duende! Solo robaría la llave de tu madre… ¡el hada!

—¡Mentiroso, me dijiste que mamá murió!

—La verdad es que tu madre se volvió contra nosotros. ¡El hada lunática que exilió al duque del códice! Por eso papá usó un conjuro para convertirme en un duende negro, la única forma para atravesar el códice. 

—¿Haces lo que te dice?

—¡Calla! Soy el legítimo heredero. ¡La dinastía Weisenstein será inmortalizada en un nuevo castillo en el reino de las hadas! Esta llave funciona con la biblioteca. ¡Aquí es basura!

—No destruirás este mundo… ¡Regrésamela!

Levantó la llave y con la otra mano, tomó a Oliver de su muñeca. Aplicó torsión. A través del espejillo vi lágrimas en los ojos del niño y también pupilas iluminadas. Irradió su fuerza azul y su mano retorció a la inversa el brazo negro. Los gritos hicieron eco en la oscuridad del fuego. Lo abofeteó. Pero el duende negro solo alcanzó a reírse.

—Eso es lo que aprendiste de papá… ¿A cachetear como una niñita?

Los nubarrones giraron en círculo. Una estrella de cinco puntas apareció iluminada en fuego. La piel negra de Eberhard se estremeció al escuchar la voz de su padre retumbando desde el cielo.

—¡Imbécil! Quítale la llave y acaba con el bastardo… ¡ya verás lo que te espera cuando regreses! —sentenció, mientras el pentagrama que lo mantenía casi adentro, cobraba fuerza.

  El duende negro ascendió en un remolino, mientras que Oliver lo siguió volando en el aire con sus alas azules iluminadas. Su transformación fue inminente, el retoño humano de un hada madre. Entre la confusión de hojas, palos y cenizas lo tomó por los brazos y le arrebató la llave, que se transformó en daga. El oro se clavó en la espalda de Eberhard. Su sangre negra drenó por el aire. Sin fuerzas, fue absorbido por el hoyo hasta desintegrarse. La mano gigantesca del duque reventó el cielo para darle un manazo al torso de Oliver, quien levantó la daga para defenderse, pero esta se disolvió como polvo de oro.

—¡Al fin rompí el hechizo! —gritó al ver millones de escarabajos dorados dispersos en la tormenta—. ¡No impedirás que inmortalice mi herencia, maldita Odalissa!

Pero los escarabajos se juntaron, materializándose en el hada madre, que descendió sumida en su resplandor áureo. Ya no hubo más llave. Al cerrarse el pentagrama y con ella segura en su mundo, no entrarían jamás.

La cara de Oliver en el espejo nubló mis ojos. El hada en su forma de mujer abrazó al niño del que solo salió una lágrima. 

—Creciste valiente, hijo mío. Y le estampó un beso en la mejilla. Mi espejillo mostró su cara sonrosada, y debo decirlo, usé mi antebrazo para secar mis lágrimas.

Una mantícora blanca descendió. Oliver se encendió en azul.

—Tranquilo, hijo. Son aliadas.

Las mantícoras se volvieron mansas ante la presencia de Oliver.