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La mujer de humo | Ana Fortuny

La mujer de humo | Ana Fortuny

La tía Amalia es la tía más vieja de la familia. Siempre llega a los cumpleaños, a los bautizos y a los velorios, aunque vaya con la tos a cuestas o con el bastón temblando. En la bolsa lleva un pañuelo bordado, una ramita de ruda y una fe discreta en los signos del mundo: que si estornudas, alguien piensa en ti; que si el perro ladra de noche, hay un alma que no descansa. Su voz es suave, y su mirada, serena. Huele a agua de rosas y a mentol. Cuando aparece, la casa se siente más viva. Enterró a sus padres, a sus hermanos, a dos de sus cuatro hijos y a una nieta que falleció en un accidente.

 

Puedo rastrear el primer recuerdo que tengo de tía Amalia hasta mi sexto cumpleaños. A donde quiera que vaya, la tía lleva varitas de incienso. Lo curioso es que no huelen a nada. “Voy a encender varitas de lavanda” le dijo a mi madre cuando llegó ese día antes de la hora de quebrar la piñata. “Claro, tía Amalia”, le contestó mi madre, “pero no las ponga cerca de los niños.”  Así lo hizo. Encendió las varitas al final del jardín, frente a la pared color crema. Corrí a verla cuando encendió el fósforo. Lo acercó a la punta y en unos segundos se puso de color anaranjado. Al retirar el fósforo, un trazo de humo delgado y tímido apareció. Vi con asombro que el humo tomaba la forma de un platillo volador, como la piñata que yo le había pedido a mi mamá, pero que ella no había podido encontrar en el almacén. Me compró una con forma de estrella. “El año que viene tendrás una así”, me dijo la tía, mientras yo seguía viendo la forma del platillo aunque el humo ya hubiese desaparecido. “¿Qué hacen?”, gritó mi madre. “Nada”, respondió la tía, “cuidando que no se apague el incienso”.

 

Cuando mi hermano Lorenzo consiguió su primer empleo, nos anunció en uno de los almuerzos familiares que iba a comprar una moto. Al terminar, la tía le pidió que le encendiera dos varitas en el zaguán porque había mosquitos. “Son de citronella”, le dijo. “¿Sientes el aroma?” No tía, no siento nada, le respondió, mientras el humo tomaba la forma de un hombre delgado tirado en el suelo, sin una pierna. Mi hermano no dijo nada, pero supo que el hombrecillo era él. No compró la moto. Las varitas de la tía Amalia se hicieron famosas en el barrio. A una vecina le anunciaron el asalto a su tienda. Según la tía olían a ámbar, pero la vecina dijo que no tenían fragancia. En el vaho danzante vio a un hombre con un cuchillo en la mano. La vecina contrató a un policía encubierto y el ladrón paró en la cárcel.

 

Pero lo que más se quedó suspendido en mi memoria —y en la de todos— fue esa imagen que aún respira en silencio. Mis padres celebraban sus bodas de plata. Organizamos la fiesta en el hotel Mirador Azul. Hubo baile, discursos, buena comida, vino y un enorme pastel. Antes de que terminara la reunión, la tía sacó tres varitas. Las colocó en el arreglo de flores del centro y las encendió. El humo subió en un vaivén delicado, como si buscara la forma precisa. En el aire se delineó una figura femenina: los hombros, la curva de un cuello, el leve movimiento de una cabellera invisible. “Jazmín”, dijo la tía Amalia. La mujer de humo giró hacia donde se encontraba mi padre, y en el reflejo de sus ojos se adivinó otra piel, más joven, más viva. Después, se deshizo, dejando tras de sí un perfume inoloro. Mi madre también vio a la mujer de humo. La música cesó y los invitados salieron con pena por haber estado ahí.

 

Durante algunos años no asistimos a más celebraciones, pero ayer no podíamos faltar. Era el bautizo del pequeño José. Después de la ceremonia, en casa de mis primos, la tía encendió varitas con olor a naranja. Cuando el aroma recorrió la habitación, gritamos todos a la vez: Ahora sí huele, tía, ahora sí. “Huele muy rico, pero no saca humo”, se lamentó. No nos dimos cuenta, tal vez ella sí. Quiero creer que está dormida, pero sé que no es así. La encontramos en su cama, con sus manos cerradas, aferrada a un par de fósforos sin encender.

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