La mesa número nueva | Roberto Vega
La clienta de la mesa número nueve me pidió un café solo, muy caliente. Lo había hecho sin prestarme atención, sin levantar la mirada de su teléfono, como quien aparta una mosca que no deja de molestar mientras lee. No la había visto nunca por la cafetería. Tenía el pelo recogido en una trenza, vaqueros ajustados y una chaqueta de plumas que todavía no se había quitado. También tenía las uñas largas, a medio hacer, con las que lijaba las teclas de su móvil al tiempo que subía y bajaba la pierna derecha compulsivamente.
Escuché la campanilla de la puerta, levanté la mirada y la vi salir. Sobre la mesa, el café todavía humeaba. En el suelo, al lado de la silla, un pañuelo de papel humedecido, con restos de rímel y de lápiz de labios, formaba un pliegue torcido, similar a una sonrisa macabra.
Una hora más tarde, vi entrar a una anciana con el pelo recogido en un moño, un traje a juego con el pañuelo de colores que llevaba atado al cuello y un perfume dulzón que enseguida invadió el local. Solía venir todas las semanas. Se sentó en la mesa número nueve y pidió una taza de chocolate, un platito con churros y un vaso con agua. No quería azúcar extra: el médico se lo había prohibido; los churros, y el chocolate, también, pero de esto prefirió no decir nada.
Me llamó la atención el maquillaje que utilizaba: sencillo pero decidido. Su sonrisa vivaracha le plegaba las mejillas angulosas como un acordeón, y dejaba a la vista una dentadura bien cuidada de dientes blancos y alineados.
En la silla de enfrente colocó una americana, un bastón y un sombrero. Se recostó y observó el resultado; asintió satisfecha. Entonces, sacó un libro y comenzó a leer en un tono bajo. A veces, exageraba uno de sus silencios, otras, gesticulaba con ostentación. Cualquiera hubiera fabulado con que el sombrero era el destinatario de los versos que recitaba. Después de media hora, se detuvo, recogió los objetos de su difunto marido, pagó en efectivo y salió del bar canturreando una nana.
Una hora antes del cierre, apareció una mujer de mediana edad con un maletín de madera lleno de manchas de pintura. Llevaba un vestido amplio que le llagaba hasta los tobillos, los cuales estaban cubiertos por unos calcetines blancos de ganchillo. Calzaba unos botines de piel, también altos, con tacones y de punta afilada.
Pidió un vaso con agua, hielo y un limón. Extrajo del maletín un bloc con las hojas en blanco, un carboncillo y un difumino, y los depositó alineados en ese orden sobre la mesa número nueve.
Permaneció unos minutos observando pensativa. Durante ese tiempo, no dejó de atusarse el pelo, cortado a media melena, y de hacerse y deshacerse la coleta. Entonces se irguió, y guiada por su dedo índice, comenzó a hacer curvas imaginarias en el aire con la mirada perdida más allá del ventanal: en el fino sendero que se adentraba en la espesura que formaba la vegetación, en el hombre que la saludaba con el brazo en alto, en el perro que olisqueaba los setos, en la línea de nubes cubierta por una capa dorada.
Recuerdo los rostros de aquellas tres mujeres con los codos apoyados sobre la barra del bar. Las luces del interior están apagadas, y el olor a desinfectante cubre hasta el último poro de mi piel. Me incorporo consciente de la maleta de viaje recién hecha que me espera en la puerta de la salida. La luz de las farolas que llega desde el exterior proyecta las sombras a mí alrededor, y se mezcla con el zumbido de las máquinas frigoríficas. Sé que tengo que hacer algo antes de irme definitivamente: cojo un trapo limpio, sin estrenar, lo humedezco y abrillanto con esmero la superficie de la mesa número nueve. Al terminar, apoyo los codos en la superficie y me pregunto cuál es mi historia, y si merecería la pena ser contada. Al hacerlo, me siento como una intrusa, una ladrona que ya ha conseguido lo que estaba buscando: un botín de semillas literarias que me permitirá escribir durante días, tal vez, semanas.
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