La lubina

María Coll

—¡Cuéntanos otra vez cómo os enamorasteis la abuela y tú! —gritaban los niños, ilusionados.

—Pero si os lo he contado mil veces, chicos…  —protestó el abuelo, con una sonrisa en la boca.

—Por favor, abuelo…

 —Aquí vuestro abuelo, hace cincuenta años, era el cocinero más guapo de todo Avignon. Empecé como pinche de cocina en un pequeño restaurante justo enfrente del Ródano, allí donde en días calmados, el Pont St Bénézet se reflejaba en sus frías aguas. Trabajaba de sol a sol. Pelaba, limpiaba, cortaba, metía y sacaba del horno. Volvía a pelar, a limpiar, a cortar. Maravillosos aromas impregnaban desde el amanecer hasta el ocaso esa gran cocina, regida por un chef con una merecida reputación conseguida de años de servicios y comidas.

»Crecí rodeado de cacerolas y sartenes, y poco a poco me fue dejando hacer ciertas cosas fáciles, aunque realmente no dejaba de ser un joven pinche. En una de mis tardes libres, estaba pescando en la orilla del Ródano, cuando se acercó una joven. Era preciosa. Sus ondas color cobrizo se movían y brillaban al sol, mientras una sonrisa…

—¿Era la abuela? —interrumpió Chloe muy emocionada. Habían escuchado esta historia infinidad de veces, pero siempre la escuchaban como si fuese la primera.

—Así es. Vuestra abuela, una chica como ninguna, era aficionada a la pesca. Pasamos la tarde sentados en la orilla, completamente enfrascados en si la mejor manera de pescar era con masa o con señuelo. Después de esa tarde, vinieron muchas tardes. Todo era maravilloso con Emily, vuestra abuela, pero cometí un fallo garrafal. En mi intento de enamorarla, le conté que era chef de un bonito restaurante, y la invité a ir a degustar mis maravillosos platos…

—Ja, ja, ja, ja, ja, ja —rieron los niños, sabiendo lo que venía a continuación.

—Como el restaurante donde trabajaba cerraba los lunes para descansar, aproveché para invitar a Emily a cenar. Tenía un juego de llaves desde hacía algunos años, pues muchos días abría yo de madrugada para cocer el pan, así que, esa noche, preparé una preciosa mesa en un gran ventanal con vistas al río, y la recibí en “mi restaurante” como una auténtica reina. Creo que me inventé algo así como que esa noche solo iba a estar abierto para ella, para impresionarla aún más.

—¡Cuenta lo de la lubina, abuelo!

—Pues sí, chicos. Había cogido una lubina en salazón de la alacena del restaurante. Nunca jamás había cocinado un pescado, siendo un plato tan delicado al paladar que era una tarea exclusiva del chef. Pero, como sí había visto su forma de cocinarla, me puse manos a la obra. Mientras, dejé a Emily degustando un maravilloso caldo francés y escuchando una maravillosa melodía que salía de un gramófono que teníamos en el restaurante. Pelé las verduras y las patatas, y mientras se sofreían en la sartén me asomaba a mirar a Emily. Qué guapa estaba esa noche, chicos, parecía una actriz de cine…

—¡Lo de la lubina, abuelo! —pidieron los chicos al unísono.

—Emplaté la lubina con las verduras, y me dispuse a servirla con los ademanes más elegantes que sabía. Cuando vi su cara al degustar el primer bocado, supe que algo había ido mal, pero inmediatamente se recompuso, me mostró una de las más bonitas sonrisas y me dijo: “Delicioso”.

»Después de una velada maravillosa, y cuando Emily se había ido, recogiendo todo, probé un poquito de lubina que había quedado en el plato, y mi sangre subió toda a la cara.

—¡No le habías quitado la sal, abuelo! —gritaba jubilosa toda la chiquillería.

—Efectivamente. Había olvidado desalar la lubina, y mi amor se la había comido sin ni siquiera un mal gesto…

—¡Cuéntanos el día siguiente, abuelo!

—A dormir, chicos. Eso será otro día…