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La llama | Almudena López Vila

Alfredo se aferra al mando de la tele, aunque sus ojos están medio cerrados, sin  importarle si el que tiene el balón es el Madrid o el Celta de Vigo. Al otro extremo del  salón, Gloria pasa las páginas de una revista ojeando las fotografías de las modelos  y las recetas de cocina.

De pronto: fundido a negro.

—¡Uy!

—¡Me cago en la leche!

Por unos segundos solo se oye la respiración de Alfredo y, cuando ya no hay duda  de que la luz no va a volver de manera automática, un suspiro de resignación  acompaña al crujido de sus rodillas al levantarse. Con los brazos estirados camina  arrastrando los pies por el parqué para no chocarse con las patas de la mesita de  centro. Gloria también se ha levantado de su sillón. Es tan liviana que ni el cojín ha  notado su peso. Camina acariciando los muebles, reconociéndolos por sus  cajones, las baldas, lo que tienen encima…hasta que Alfredo, que se dirige a la  entrada a comprobar si han saltado los plomos, le mete un dedo en el ojo.

—¡Ay! 

—¡Perdón, perdón! Que no te he visto. ¿Te he hecho daño?

—Me escuece un montón — se queja Gloria, frotándose el ojo izquierdo.

Alfredo busca a tientas a su mujer, la localiza tocándole la coronilla y se da cuenta  o, mejor dicho, recuerda, lo pequeñita que es. 

—Espera un segundo que voy a buscar una linterna.

En el primer cajón del aparador Alfredo guarda pilas, llaves viejas, celofán y una pequeña linterna que le regalaron en el taller. La enciende y un minúsculo punto  blanco brilla en el salón. No alumbra más que unos diez centímetros, pero será  suficiente para examinar el ojo de Gloria. Llega junto a ella y le coloca la mano en la  nuca. Poco a poco sus dedos se enredan entre los rizos de su pelo. Le levanta el  rostro y apunta con la luz directamente a su ojo, lo que la ciega todavía más. La  linterna parpadea dos veces y se apaga. Se quedan inmóviles en plena oscuridad.  Frente a frente sin verse, como en los últimos tiempos, pero tan cerca que pueden  sentir el latido del corazón del otro. Gloria nota el olor del aftersave de su marido, el  mismo desde hace cuarenta años; Alfredo desliza su mano por el esponjoso  cabello de su mujer, ahora canoso, color chocolate en otros tiempos. Cuando se  dan cuenta se separan como dos imanes que se repelen.

Gloria se mueve como una sombra por la casa. Ha llegado hasta la cocina y ha  cogido la caja de cerillas. Alumbrados con la pequeña llama han comprobado que  los automáticos están subidos. Alfredo los ha bajado y subido varias veces, sin  ningún resultado. Antes de quemarse la yema de los dedos, Gloria agita la cerilla  para apagarla. El olor a azufre y a parafina les recuerda a las fiestas de San Juan  donde se conocieron. Bailaron pasodobles toda la noche, con las mejillas pegadas  la una a la otra. Gloria se sentía exultante sintiendo el roce de la barbilla de Alfredo  tan cerca de sus labios; Alfredo la cogía por la cintura con cautela, intuyendo los  ojos de sus futuros cuñados clavados en su espalda. ¿Cuánto tiempo hacía que no  bailaban, que no paseaban de la mano?

De vuelta al salón Alfredo se golpea con el quicio de la puerta. Con un movimiento  torpe se engancha al codo de Gloria.

—Es que no me quiero caer —se excusa Alfredo mientras enhebra el brazo, notando  la fina piel de su mujer.

Pasan las horas. Alfredo mira por la ventana a la negrura de la noche: ni una farola,  ni una luz a lo lejos, solo los faros de un coche alumbran la calle. En la mesa del  salón, como si fuera un puesto callejero, se acumulan velas antimosquitos con  citronela, aromáticas para quitar el olor de después de freír y algunas velas de  cumpleaños que han sobrevivido. Gloria trae unos platos con sardinas en  escabeche y unos mejillones en lata. Hacía mucho que no cenaban juntos. Sin el  murmullo del televisor enmascarando sus silencios, no saben qué decirse. 

—Estas sardinas me recuerdan a cuando nos compramos el piso y no teníamos ni  para cenar decentemente —dice Alfredo.

—¡Madre mía! ¡A un 14% de interés que teníamos la hipoteca! Por ahí andarán las  letras del banco… —dice Gloria señalando al mueble boiserie.

Rien, y la sonrisa permanece en sus labios durante un buen rato.

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