Nikolay quiere ser invisible, convertirse en un ser incorpóreo, indetectable, la sombra de un espectro, el reflejo de un espejo; ser la nada durante un instante. Encogido como un feto, está oculto en un bidón falso de combustible acoplado a la cabina de un camión. Allí sus brazos rodean sus muslos y las rodillas se le clavan en el pecho. Hace ya veinte minutos que se le ha dormido la pierna izquierda y al menos una hora desde que el dolor de espalda comenzó a escalarle por el espinazo; vértebra a vértebra, como si subiera por una escalera hasta hacer cumbre en su cuello. Lo nota tenso, cargado. Un puñal clavado en él eclipsa cualquier otra sensación. Sólo el miedo lo supera y va un paso más allá abriendo terrenos vírgenes en la geografía de su pavor. Fuera lo están buscando. Nikolay apenas escucha nada sobre el ronroneo del motor. Cree adivinar pisadas en la gravilla. Imagina unas botas negras que se acercan a su escondrijo, arrastrando el haz de una linterna por la superficie del camión. Habla el conductor. Responde a preguntas, aunque desde su escondrijo la conversación resulta indescifrable. Podría estar delatándole ahora mismo pero en el bidón solo se oye rebotar su respiración. Hay un airea rancio y caliente, con tufo a gasolina, que se le cuela en los pulmones y encoge aún más su garganta. El estómago sin espacio para hincharse, su diafragma que agoniza en agujetas. La humanidad de Nikolay contenida en un hueco del tamaño de un cubo de basura. Su cuerpo parece formar parte del camión y siente en la piel como se abren las puertas del trailer. Suenan goznes, los nota abatirse y un estremecimiento cuando varias personas se suben a él. Cada extraño que entra provoca un vaivén. Los amortiguadores se hunden un instante y luego vuelven a alzarse. Producen una sensación de ingravidez que desorienta aún más a Nikolay. Se siente flotando en un mar oscuro mientras criaturas abisales huelen su sangre e intentan dar con él. Entonces el motor se detiene. Los pasos parecen llegar de todas partes. Las sacudidas del camión, los miembros dormidos, la incapacidad de moverse… Agujas invisibles le recorren. Una suerte de acupuntura que atraviesa su ser. Hay dolor, hay miedo. De nuevo dolor, otra vez miedo. Dolor, miedo… se turnan para atormentarle. Nikolay que gritar, incluso que le descubran ya, pero que aquello no se prolongue
más. Las ganas de delatarse crecen. Es como avecinar un estornudo que no se puede contener. «Que le pillen, que le pillen, pero por Dios, que lo hagan ya». Su esqueleto es un muelle. Su cuerpo un resorte que quiere saltar. «Estoy aquí», piensa. «Aquí mismo, sacadme de aquí». El grito silencioso le recorre como el sudor, pero resiste y lo somete un poco más. Solo un poco más.
Convierte su voluntad en unos brazos que empujan ese pensamiento fuera de su escondite. Lo nota salir y devuelve sus sentidos al estado de alerta. Ahora Nikolay percibe criaturas que se acercan. Oye resoplidos que nacen en unas bocas extrañas. Son perros que husmean su rastro y ansían olerle. Su cubículo arrastra la fragancia dulce e inflamable del combustible, pero su pellejo atrapado dentro exuda el olor del miedo. Escucha el olfateo. Siente sobre su piel el aliento de los hocicos rabiosos.
Allí, tumbado en su cáscara de metal, quiere detener los latidos de su corazón. Las botas, las linternas, los sabuesos y la frontera imaginaria que delinea el mapa y que se enrosca en torno a su cuello como una soga. Sus extremidades contraídas en esa placenta oscura, en ese sitio donde el terreno cambia de nombre y donde su naturaleza pasa de ser humano a ilegal, de persona a prófugo, de hombre a inmigrante.
Los segundos se extienden. Su cuerpo quiere temblar, pero no tiene espacio para hacerlo. Los hombres salen del camión. La palma de una mano da dos golpes a un costado. El motor recupera la vida y el camión vuelve a ponerse en marcha. ¡Ha cruzado! Lo ha hecho y el aire viciado le sabe más puro.
Allí Nikolay, empequeñecido en su cárcel diminuta, se siente más grande que nunca.







