La canica azul | Fátima León
La Plaza Central estaba cubierta de polvo y ceniza. Era mediodía, pero el sol quedaba oculto por el cielo gris, cargado de humo. La guerra había convertido la ciudad en una inmensa masa de ruinas y de desolación.
El niño, que aparentaba apenas ocho años, caminaba solo. En su mano, como única compañía, un pequeño oso de peluche. La gente pasaba de largo. Mujeres con la mirada perdida, hombres de rostro endurecido, ancianos con pasos cortos y apurados. Nadie se detenía. Nadie hablaba. Nadie miraba. En la guerra, los ojos habían aprendido a no ver lo que dolía.
El niño se sentó en el borde de una fuente rota con las piernas colgando, mirando fijamente una canica azul en sus manos. La movía despacio entre sus dedos, imaginando que, girándola, podría reconstruir su mundo. A su lado, Hani, el peluche que le había regalado su padre antes de desaparecer en la frontera.
Un convoy militar se detuvo a pocos metros. Algunos soldados bajaron del camión, uniformados, con el rostro cubierto por gafas oscuras y con los fusiles al pecho. Aunque eran muy jóvenes, sus movimientos delataban la experiencia de quienes ya habían visto demasiado. El último en bajar era apenas mayor que el resto. Se quitó las gafas, y fue entonces cuando ocurrió: el niño levantó los ojos. El soldado también.
Nadie más se dio cuenta. Los transeúntes seguían con prisa, pero algo se detuvo en ese instante. En medio del caos, el soldado y el niño se quedaron anclados: uno en la orilla de la infancia; el otro, atrapado en la maquinaria de la guerra.
El soldado dio un paso hacia la fuente. Luego otro. Cuando estuvo a apenas un metro, el niño lo miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza. No temía. Simplemente, esperaba.
El soldado se le acercó.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el soldado con voz baja.
—Omar —respondió el niño sin soltar la canica ni el peluche.
El soldado se agachó para quedar a su altura. Tenía las manos grandes y curtidas, y los ojos llenos de una tristeza que no venía de ese día, sino de muchos antes. Miró la canica. —Tenía una igual cuando era pequeño.
Omar no habló. Le ofreció la canica, con la mano tendida.
El soldado la tomó con cuidado, como si fuera una reliquia, y la observó contra la luz gris del cielo. Después se la devolvió.
—Guárdala. Te hará más falta a ti que a mí.
Por un instante, el ruido de las bombas lejanas, de los aviones, de los motores y de los gritos se había desvanecido. Solo quedaron ellos dos y el silencio entre sus miradas. El niño asintió; por primera vez en mucho tiempo, sonrió. Una sonrisa diminuta, rota, pero una sonrisa al fin.
El soldado se levantó; antes de irse, sacó de su bolsillo una pequeña barra de chocolate. La dejó junto al peluche, sin decir nada más, como quien deja un secreto. Luego volvió con sus compañeros.
La multitud nunca se detuvo. Nadie pareció notar que, por unos segundos, un soldado y un niño habían quebrado la lógica brutal de la guerra. Se habían mirado, se habían visto el uno al otro. No como enemigos, ni como cargas: simplemente, como seres humanos.
Cuando el convoy partió, Omar siguió sentado en la fuente. Tenía la canica en la mano y el chocolate a su lado. A pesar de que la guerra seguía rugiendo más allá de la plaza, algo había cambiado: alguien se había detenido y había mirado.
A veces, en tiempos de guerra, mirar es una forma de resistencia.
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