Juan Rulfo | Sandy Manrique
Te revolviste en la cama. Los espíritus te habitaban. La culpa pesaba en tu pecho. A pesar de que las hojas se hubieran caído de los árboles, el calor te envolvió, Juan Rulfo. Te atrapó la urgencia por salir, escapar de ese lugar compartido con tu mujer. Saliste del cuarto.
Cuando estuviste fuera, una farola tiñó tu cuerpo de amarillo. Aseguraste que tu columna estuviera erguida y recorriste la calle con la mirada. Te detuviste varias veces en el camino, percibiste el olor de los pórticos tristes, la suciedad. A esta hora. faltaba la gente, los niños. Este espacio parecía haber absorbido todo lo vivo.
Lo único nuevo que viste fueron las decoraciones navideñas en casas vecinas. Quizá por un breve segundo te sentiste mal por no haber sacado el nacimiento de Clara, no colgar luces del techo, añadir alegría vana a la rutina.
Un movimiento llamó tu atención. Al fondo de la cerrada la viste pasar. Suntuosa, emergida de una lotería mexicana del multiverso. Te recogiste, Juan.. Fundiste tu cuerpo entre las penumbras, pero quizá hayas hecho algún ruido.
Digo quizá porque, en vez de cruzar de esquina a esquina, La Muerte ha regresado a verte. Su rostro desdentado se ha movido, coqueto, como el de una joven que ha posado sus ojos vacíos sobre ti. Ya para entonces se te habían venido a juntar todas las muertes sobre los hombros, la de tus familiares, conocidos y clientela. Trataste de no mirarla, trataste. Sería tu condena.
La Muerte no te quitó la vista de encima, empezó a caminar, primero con pasos cortos y luego siguió a tu acecho con presteza. Eso tú ya no lo viste, ocupado como estabas, tratando de enfilar tu cuerpo hacia la puerta de tu casa. El trayecto que hubieras hecho en un minuto, en medio de la pesadilla era un reto, como si hubieses metido las piernas entre un fango chicloso que mantuviera tus pies pagados al suelo.
Mientras alcanzar el picaporte se imposibilitaba, pudiste preguntarte si valía la pena seguir vivo, si tu existir era una inconsistencia en el devenir de la vida, si no habría por ahí otros embalsamadores más eficientes, más arriesgados en sus técnicas.
No entendías por qué le dabas la espalda, menospreciabas a La Muerte, si te había dado una razón para vivir. En este momento tu cuerpo te pedía ir a casa, alejarte de ella, vivir, no había de otra, quizá por Clara, quizá por ti.
Supiste que el avistamiento y la persecución de La Muerte había sido pesadilla cuando con pasos pesados pudiste entrar al dormitorio y te viste dormido. Tu nariz recta bajo tus ojos apretados. Tus pupilas moviéndose bajo los párpados como luciérnagas nerviosas. Tratabas de despertar.
Con tus piernas sin fuerza y mucho empeño, regresaste a tu cuerpo. Te metiste en él para recordarle que estaba vivo y no tenía a donde ir. Que tenía que seguir defendiendo tu secreto, que -en los momentos en que lo apruebas- te hace sentir como un hombre leal y valeroso.
Lo lograste, Juan. Arrastrándote pudiste escapar de La Muerte, colarte en ti mismo, volver a sentir el palpitar de donde dicen que tenemos el corazón. Allí a tu lado, en la cama, descansaba también el alma de Clara. Pronto será su cuerpo, al que preparas con esmero para tenerlo dormido a tu lado.
Hace poco pensaste que la vida cuando estás solo pesa diferente y se complica sin razón.
De momento, tendrás que esperar. No te queda más que entreabrir la heladera, ahí casi puedes ver viva a tu Clara, sentir su piel aterida.
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