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Ana RJ | Menos mal que no fue Cooper

Portada de Ana RJ | Menos mal que no fue Cooper

El tic tac del reloj de pared pesaba en el aire. Luis intentaba mantener la rabia bajo
control. Su hija, sentada frente a él, tenía la ropa y el pelo mojados. Sin embargo,
parecía calmada.
—¿Qué has hecho esta tarde, Anabel?
—He estado fuera, papá, aunque al principio tenía pensado quedarme a estudiar. De
hecho, mamá me preguntó si quería ir con ella al Nevada a comprar un regalo para
Elena y le dije que no. Y eso que me ofreció quedarnos allí a merendar un crepe y
todo, ¿eh? Pero, como recordarás, tengo el examen de Sociales dentro de dos
semanas.
—Sí, me acuerdo.
—Así que después de comer, me hice un batido de chocolate y me puse a hacer los
resúmenes de los primeros temas. A las cinco y veinte, Mia me mandó un mensaje.
No sé si te lo conté, pero desde hace tiempo les da de comer a unos gatitos que hay
en el callejón del final de la calle. El caso es que se encontró a uno que no podía
andar y no sabía qué hacer. Seguramente estés pensando… ¿y por qué no se lo dijo
mejor a sus padres?
—Es una buena pregunta, sin duda.
—Pero la verdad es que en ese momento no se me ocurrió preguntárselo. Me
imaginé al gatito… allí solito, quizás herido… me dio mucha pena, papá. Se me
saltaron las lágrimas. Así que me vestí y… creo que dejé la taza de café en la cocina.
—¿Café? —repitió Luis, enarcando una ceja.
—¡Uy! Lo siento. Confieso que le eché una cucharada de café en el batido, aunque te
juro que fue muy pequeña. Con las prisas, tampoco me entretuve en meterla en el
lavavajillas, perdona. Me fui corriendo al callejón y ni siquiera cogí la bici. Y allí…
bueno, me estaba esperando Mia. ¿Y sabes qué? ¡El gatito ya podía andar! ¿Te lo
puedes creer? Me di la carrera y el susto para nada…
—Un milagro.

—Como ya estaba allí, Mia propuso ir al chino a comprar una bolsita de chuches.
Todo esto puedes confirmarlo con ella si quieres, ¿eh? Cero problema, seguro que a
ella no le importa. ¿Por dónde iba…? Ah, sí. Fuimos al chino a por una bolsita de
chuches. Tardamos un ratillo en decidir. Yo elegí un corazón, dos gusanos, un
chupachups con chicle, cinco o seis moras, nubes. Mia… lo mismo que yo. Y
volvimos a casa tranquilamente, charlando. Vimos a unos niños jugando al fútbol en
la esquina. Eran más bien malos, ¿sabes? De hecho, ¡uno de ellos casi me da un
pelotazo! Pero justo en ese momento salió el chico este, el vecino del treinta y dos, el
morenazo. Apartó la pelota con la mano, ¡un paradón! Y le dijo a los niños que se
fueran. Yo le di las gracias, por supuesto, y también le regalé la bolsita de chuches.
Me hubiera gustado pedirle el teléfono para hablar por WhatsApp, la verdad, pero
me dio mucha vergüenza. A lo mejor el hermano mayor de Alec lo conoce, ¿sabes?
Me he enterado de que van al mismo instituto…
—Anabel, no te enrolles.
—Vale, sí, perdón. Cuando llegué a casa me di cuenta de que ya se me había hecho
tarde para seguir estudiando, así que me di una ducha. Y justo al salir de la ducha,
oí un “splash” que venía del patio. ¡Fui corriendo, papá! Estaba un poco asustada
pensando que a lo mejor Cooper podría haberse caído a la piscina… ya sabes que el
pobre ya no ve mucho, es un perrete viejito… Y a él siempre le ha gustado tanto
tirarse al agua…
—¿Y entonces?
—Pues nada. Llegué y vi que no era Cooper. Fue entonces cuando la vi. Y me quedé
flipando, te lo juro. Pensé… “Hostias, la moto. ¿Cómo ha llegado hasta ahí?”. Pero
menos mal que no fue Cooper, ¿verdad, papá?

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