Gorriones callejeros

Roberto Vega

Te observo trabajar en tu pequeña tienda situada en pleno centro mientras me oculto tras un vetusto ciprés. Es una mañana soleada. A mi alrededor las ruidosas persianas ascienden con su familiar chirrido, acompañadas del olor a café recién hecho proveniente del bar situado a mi espalda.

Apareces detrás del escaparate: alta, esbelta, con los rizos sueltos cubriéndote los hombros, sobre un vestido liso, largo hasta las rodillas. Pareces concentrada mientras vistes los maniquíes distribuidos a tu alrededor en forma aleatoria. Un cuello se te resiste, pero tú perseveras, como siempre lo has hecho: firme, tenaz, fiel a las decisiones tomadas.

Miro hacia los lados expectante, algo intranquilo. Aunque estoy acostumbrado a ser invisible, esta vez no quiero arriesgarme: no debes verme, no todavía. «¿Cómo he llegado hasta aquí?», me pregunto un poco abatido mientras bajo mis ojos, con las pupilas clavadas en los pliegues profundos, casi desconchados, del duro cuero del zapato recién prestado. Porque todo en mi es prestado: los anchos pantalones, los calcetines gastados, las cuchillas del último afeitado; todo, hasta mi alma. Sólo las palabras a pronunciar son mías: inseguras, desesperadas, sinceras.

«¿Cómo he llegado hasta aquí?», me vuelvo a recriminar. Entonces recuerdo los momentos felices a tu lado: las risas, las tardes con palomitas viendo una película, los abrazos, los te quiero. Rememoro las pérdidas (también lo fueron para ti), los fracasos, las discusiones, los silencios, las ausencias. Pienso en las huidas a bares con una copa entre las manos, en los reflujos con sabor a fracaso, en los avisos amenazando con un desahucio, uno más: al principio impensable, pero, con los meses, real como una fiera despiadada. Al final, un abismo: una enorme cárcel mental con riscos infinitos imposibles de flanquear; un precipicio gélido, afilado, cortante, donde no hay nada, sólo culpa por verme obligado a sobrevivir viviendo en las calles.

Una mujer entra con paso firme, tú sales del escaparate para atenderla. Decido esperar. Un familiar olor a tostadas recién hechas me recuerda a las papeleras situadas junto a las cafeterías, en estaciones o en centros comerciales; sus deshechos eran mi primer recurso: mi primera comida del día. Un desayuno humillante al principio, pero liberador cuando las jornadas trascurren sin nada más para comer, acompañadas por noches al raso protegido con un abrigo mugriento, unos finos cartones o alguna vieja manta.  

Un pajarillo revolotea a mi alrededor, es ágil, parece joven. Entonces un recuerdo fugaz traspasa mi mente:  había llovido, varios gorriones saltaban amontonados en torno a un joven con un bocadillo; él parecía distraído, indiferente. Un gorrión cojo había conseguido una pequeña miga tras pelear con algunos compañeros: más gordos, más grandes. Lo seguí hasta verlo detenerse frente a otro gorrión más pequeño, este se acercó raudo, algo inquieto, para recibir aquella diminuta miga. Recuerdo las lágrimas cálidas al recorrer mis mejillas, abundantes, desconocidas. Lloré durante horas como un niño sin consuelo; cuando ya no pude hacerlo por más tiempo, me incorporé: había tomado una decisión. Caminé despacio, inquieto como aquel pequeño gorrión, hasta llegar al centro del Samur Social del Ayuntamiento. Allí me atendió una joven: ella me reconoció al instante, yo me sentí agradecido por aquella segunda oportunidad. Esa tarde, sentado junto a una desconocida quien no se había rendido en ofrecerme su ayuda, a pesar de mis reiteradas negativas, comenzó mi lucha por recuperarte.

Vuelves a estar sola. Avanzo despacio, vergonzoso. Una campanilla tintinea a mi paso, huele a jazmín. Estás entretenida colocando unas cajas. «Enseguida voy», me dices sin volverte. Me detengo, firme, no quiero dar un paso más, me da seguridad estar allí quieto.

Intento hablar, pero me resulta imposible hacerlo «Tanto tiempo pensando las palabras exactas…», me recrimino. Tú sigues a lo tuyo. «¿Recordarás mi voz?», me pregunto. Quiero irme, volver a desaparecer, volver a ser invisible; pero he tomado una decisión: no ser más un cobarde, no contigo; tú te mereces más, al menos, una explicación. Trago saliva, siento mi boca seca, pesada; carraspeo.

—Laura —consigo pronunciar, al fin. No reconozco mi voz, parece distorsionada, un eco lejano, perdido.

Veo cómo te incorporas, permaneces unos instantes en pie, inmóvil. Finalmente me miras. Tus enormes ojos color ámbar tienen un brillo extraño: familiar.

—¿!Papá!?