Forever Young

Mari Otero

Este año no. Me niego. No voy a repetir el mismo ritual de mierda.

Hoy voy a salir con mis amigas. Voy a beber, a bailar, a fumar… voy a hacer de todo menos llorar. ¡Que le den por el culo a la Nochebuena! Total, ¿con quién la voy a pasar? ¿Con una madre egoísta y el cerdo de su novio? Ni de coña.

Pongo una de reggaetón para animarme. ¿Eso es lo que se escucha ahora, no? Pues dale, reggaetón. Cualquier cosa que no sea esa canción que me lleva directa al pasado. Bailo mientras me pongo el vestido que he cogido prestado de una tienda. Con este parezco mayor. Que no se note que tengo quince, quiero colar por dieciocho para que me dejen entrar en las discotecas.

Me pinto la raya del ojo frente al espejo cutre de mi habitación. Sí, así mucho mejor, destaca el verde de mis ojos. Mis ojos, verdes… como los suyos. Siempre me han dicho que tengo sus ojos. Sus ojos… No, no, no, ¡fuera! ¡No quiero recuerdos!

Me obligo a bailar de nuevo. Muevo las caderas, miro al techo y respiro profundo. En un pestañeo descubro como mis brazos me rodean. Me abrazo. Mierda. La estruendosa canción de reggaetón se distorsiona, haciéndose lejana. Ya no la escucho. Noto como empieza a adueñarse de mí ese recuerdo, esa melodía que duele. Yo solo quiero aplacarlo, pero… no puedo, me atrapa. El vinilo sigue debajo del colchón para evitar tentaciones y, aun así,  Forever young se cuela poco a poco en mi cabeza. Aparece de la nada y, se hace tan real, que me asusta. Suena cada vez más fuerte, como si alguien estuviese subiendo el volumen adrede. Me tapo los oídos. Cierro los ojos. Doy vueltas sobre mí misma. ¡Basta!

Pero no…, no para: Forever young, I want to be forever young… ¡Nooo! Ya está aquí, el recuerdo, nuestro baile. Papá me coge en brazos. Damos vueltas por el salón. Reímos. Sus ojos verdes me miran fijamente y… brillan. ¡No! ¡Vete de mi cabeza! ¡No quiero ser esa niña que un día perdió tanto! Apoyo mi espalda contra la pared y resbalo lentamente. Acabo hecha un ovillo en el suelo. Me cuesta respirar. Mis ojos se humedecen. Pero no… no voy a llorar más. Ni una puñetera lágrima. Los froto con rabia, manchando mis manos de negro por los restos de maquillaje.

Me levanto como puedo y voy directa a la cocina. Estoy fuera de mí. Abro la nevera y doy un trago a la botella de vino de mi madre. No puedo parar. Necesito calmarme. Sigo bebiendo hasta que me doy cuenta de que están allí, sentados en la mesa, mirándome.

Beben whisky y van tan borrachos que por poco no se caen de la silla. Mi madre suelta una carcajada y, entre balbuceos, me dice: Niña, ¿qué te pasa? Vaya cara traes. Ni que hubieses visto un fantasma.

El gilipollas de su novio se descojona, atragantándose con la bebida. Me mira de arriba abajo con esa cara de baboso y salta: Sí, al fantasma de su padre. Pero ya se sabe…  a rey muerto, rey puesto. Después se palmea el pecho con cara de orgullo y estampa un beso torpe en los labios de mi madre. Chocan sus vasos a modo de brindis.

No puedo evitarlo. Siento como si algo se apoderase de mí. Me arde el estómago, la garganta, los ojos… ardo yo por completo. ¿Cómo se atreve? Hijo de… Agarro el cuello de la botella. Me acerco a él hecha una furia y, justo cuando le tengo delante, no lo pienso… se la estampo en la cabeza.

Los cristales salen despedidos. Mi madre se agacha para esquivarlos. El vino encharca el suelo del comedor. El cabrón se intenta limpiar la sangre que corre por su cara mientras bufa.  Le miro a los ojos y, apuntándole con el dedo, grito: ¡No vuelvas a nombrar a mi padre en tu puta vida!

Doy media vuelta lanzando los restos de la botella. Salgo con un portazo.

La calle me recibe silenciosa. En mitad de ese silencio, Forever young suena de nuevo en mi cabeza.

Entonces comienzo a andar, sin mirar atrás.