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Fiormamos un buen tándem | Iñaki Rangil

Fiormamos un buen tándem | Iñaki Rangil

Quise mucho a Manuel, mi marido, pero no me parece necesario tener que decirlo. No es que lo crea injusto. Tan solo temo que, al no hacerlo, parezca que pongo en entredicho lo afirmado. Hombre, pensándolo bien, igual sí, porque ahora me viene a la memoria una de nuestras riñas. Han sido pocas, aunque dependiendo para quién. Aquella desde luego fue memorable, muy sonada. Seguro que todavía la recuerdan en el barrio y, tal vez, en el pueblo. Sin embargo, he olvidado el motivo. Pobre coitado, para un día que se le olvidaron las llaves, tuve a Manuel todo el día aporreando la puerta. Mientras, yo estaba tumbada a la bartola. Os puedo asegurar que desde entonces las llevó siempre colgadas del cuello en un cordel. No se lo quitaba ni para ducharse, bien relucientes que estaban las llaves. No puedo evitar la sonrisa rememorándolo. ¡Qué pánfilo era!

Desde que desapareció, solo conservo los gratos momentos. ¡Tal vez no hubo malos! Para mí, por lo menos. Unos dicen que si se fue a por tabaco —me extraña mucho eso porque nunca ha fumado, además me molesta el olor tanto como el humo, así que no le he dejado ni encender un cigarrillo— y todavía lo sigue buscando. Otros que fue tonto, pues dejó en casa algo difícil de encontrar en ningún otro sitio, a ver qué necesidad tenía. Algún iluminado sugirió como razón la pérdida de la memoria. Si existe alguien deseoso de echarme la culpa, no lo hace en público, ni me ha llegado ninguna opinión con semejante atrocidad, ¡más le vale! Eso sí, desde que se fue, su cordel permanece colgado del llavero que hay junto a la puerta de casa.

Mi suegra me visita muy a menudo, pues hasta ella no para de repetirme que, de tenerlo delante, le diría unas cuantas palabras, seguramente incluyendo alguna que otra palabrota. Asegura haberle enseñado a enfrentarse a las adversidades, y que en su educación quedaba descartada la huida. Yo no creo que la cosa iba mal; total, Manuel siempre cumplía de sobra mis deseos. Más de una vez le pregunté: “¿No tienes sangre?”. Jamás respondió. Quizás en algún momento hizo el amago, pero se quedó en ello.

Probablemente no le habría valido de nada, ¡menuda soy yo! Como mucho habría llegado a ser la anécdota de la semana para el club donde solíamos juntarnos varios matrimonios. Salía a relucir algún que otro trapo sucio. Nosotros no teníamos ninguno por tanto aprovechaba para contar esos detalles incómodos para Manuel. Me satisfacía verlo revolverse molesto.

De no ser por lo que sé, creería que nunca se sintió muy querido. Jamás lo expresó de esa forma. Comenzaba a hablar, tartamudeaba y terminaba: “… pues eso”. Luego se callaba. Como marido, era un buen complemento, aunque tampoco toquemos las campanas, como si fuera un bolso o un fular, nada más allá. Como compañero, un cero, el equipo éramos un poste, yo y para de contar. Como amante, ahí sí le ponía ganas, menos mal que aguantaba, no debo alegar nada, pero nada. Si no me apetecía, no había incursiones de prueba; él solo quería cuando a mí me hacía falta, en eso coincidíamos. Quizás era yo quien llevaba la batuta, ahora que lo pienso. Entonces, ¿por qué me estorbaba tanto? Esto sí lo sé. No tenía ninguna iniciativa. Y si parecía que sí, era en contra de lo que me interesaba a mí. Entonces, por supuesto, no le dejaba llevarla adelante. ¿Para tener que rectificar después? Así desapareció un día justo después de plantearme la idea de separarnos. Casi me dio un infarto. ¿De dónde le vino esa necesidad? ¡Con lo tranquilos y cómodos que vivíamos!

Tampoco recuerdo si fue él o fui yo quién se empeñó en plantar esos floridos rosales en el jardín. Total, qué más da, han mejorado mucho tras su marcha. Tampoco es que los cuide especialmente. Pienso que son agradecidos y para una única vez que les eché abono. Entre los dos nunca fuimos capaces de tenerlos así como están ahora. Aunque, seguramente, no sea una afirmación del todo justa. Creo que antes, igual que ahora, cada uno cumple su función.

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