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¿Esto es lo normal? | Iñaki Rangil

¿Esto es lo normal? | Iñaki Rangil

Venía a realizar una crónica de sociedad. Hasta ahí llega lo considerado normal. Me encuentro en una boda, debajo de una mesa, la de los solteros para más detalle, esto ya no es normal. Es un caos. No, mejor rectifico, es un verdadero escenario de guerra. Protegido desde mi refugio, veo a la suegra del recién casado tirándose del moño, desgañitándose como una posesa. El novio la sujeta. Ella quiere saltar sobre… ¡Ah! Es una cabra que está comiéndose el ramo de la novia. El padrino, progenitor de ella, desmayado junto al animalito. De la novia no hay ni rastro. ¿La tarta…? Despanzurrada delante de la mesa nupcial sobre uno de los camareros que trata de quitársela de los ojos con mucha dificultad. Uno de los cocineros pasa corriendo por delante de mi mesa con el gorro echando humo.

Me acuerdo perfectamente de que todo iba de maravilla en la iglesia antes de la ceremonia. El novio nervioso esperando la comitiva de su futura esposa, lo normal. El sacerdote mirando el reloj, de pie. El padrino buscando los anillos. Los niños correteando por todos los lados, con sus padres detrás estresados. Vamos, lo normal de cualquier boda. Yo, desde mi atalaya en los últimos bancos, intentando no perder detalle, para eso había ido.

Cuando los visité en la víspera de la ceremonia para informarme, quizá hubo algún detalle que se escapara de lo normal y sirviera como referente para tener en cuenta. Durante la entrevista, la novia fue varias veces a observar el vestido recién llegado, estaba encantada con la elección y decía que los arreglos no se notaban nada. No hacía otra cosa que levantarse e ir a su habitación a contemplarlo con frecuencia.

—Hija, no lo mires tanto, vas a desgastarlo, ¿ya te lo has probado para ver cómo te queda? —La futura suegra del novio siembra la duda en su hija.

—Mamá, no seas malagüera, ayer lo tenían casi terminado y me estaba a la perfección.

Pero con las mismas se volvió a meter en su habitación. En bastante tiempo no volvimos a saber nada. Hasta que un grito nos cortó la conversación. Su madre voló hacia su origen. Se las oía discutir sobre la cremallera. Al parecer, no podía cerrarse en la cintura o algo así. Más tarde regresaron con caras de preocupación, pero restándole importancia. “Pequeños inconvenientes de última hora”, atajaron. Por otro lado, oí una discusión de la que ignoro el motivo, ahora bien, saqué en claro algo que se le escapó al novio que le decía a su casi suegro: “… pero allí, ¿qué pinta la puta cabra?”. También escuché la respuesta, aunque muy bajito: “Ya sabes, es casi de la familia”. Eso ya no era nada normal.

En el banquete, el novio quiso brindar con tinto en vez de champagne —me pareció normal siendo tal familia— antes de cortar la tarta de novios que un camarero tenía delante de ellos en una mesita con ruedas. Durante el brindis, los novios tenían sus brazos cruzados, el de él con el otro de ella y, al descruzarlos para dar el sorbo, chocaron los pies de las copas vertiéndose gran parte del contenido sobre el vestido blanco de ella. Ésta se volvió loca, perdió los papeles y empujó a su reciente marido a la vez que salía a la fuga hacia los aseos, creo. Él, que no pudo mantener el equilibrio, terminó chocando con la mesita de la tarta que cayó sobre el camarero. La suegra aglutinó todos los colores en su cara. Soltó el ramo de flores, obsequiado por los novios. La denominada Puta-cabra por el novio, Clari para el resto de la familia, se lanzó sobre él. Ya en manos de la suegra del novio lo miraba ansiosa.

El “cocinero a vapor”, quejándose de la loca que ha entrado en la cocina a por quitamanchas y le ha flambeado su gorro, tiró uno de los atriles con anuncios de los eventos del local. Allí, leo que el siguiente enlace era de una familia de bodegueros, al que debía acudir yo. Me había colado en otra boda. En la correcta habría cata de vinos y no cabra. Lo normal.

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