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Espejo gótico | Enrique Gómez

El espejo se quejó del ajado reflejo de su ama, del juego de sombras de su exagerado maquillaje, del injusto final de su lejana juventud. La vieja bruja se sintió ultrajada y perdió el juicio. Hizo jirones los ricos cortinajes de su alcoba y rompió los jarrones jaspeados. Con un gesto tragicómico de enojo, arrojó una estatuilla de jade contra el vidrio azogado, que quedó rajado y quejumbroso, gimoteando en una jerga incomprensible.

Pasados siete siglos, el investigador, silente, serpentea por los sinuosos pasillos del palacio hechizado, inmerso en una atmósfera densa a causa del polvo suspendido. Sus pasos suenan suaves sobre el suelo salpicado de astillas. Sueña con desentrañar la secular maldición, el secreto sepultado entre sombras y silencios. Atraviesa las estancias que otrora fueran del servicio. Llega al salón, plagado de blasones, armaduras oxidadas y sucios estandartes deshilachados por el paso del tiempo. Siente un sutil susurro. Sospecha que proviene de un angosto pasadizo que le queda al soslayo. Tras sopesar el riesgo se aproxima inseguro. El sonido, que se escucha más intenso, a la vez le asusta y le seduce. Se torna en un Ulises atrapado en sinfonías sibilinas de sirenas, sin saber si prosigue hacia la salvación o la sentencia.

Tras quiebros complicados, el extraño encuentra al fin la alcoba que ahora es caos claustrofóbico, catacumba ominosa de un pasado cruel. Escombros, cortinajes, cálices exóticos, candelabros, cuadros, cojines, cómodas, cajones… son ahora un cúmulo ceniciento que oculta sus antiguos colores: carmesí, caramelo, carmín, cobre, castaño… Se ha eclipsado la exquisitez de antaño. Camina el curioso con cuidado para no quebrantar el canto que lo acucia. Proviene la canción de un marco vacuo colgado de un cáncamo corroído. Quiere acercarse y, al hacerlo, camina quebrando los cristales caídos del espejo. De cada cristal quebrado surge un quejido que lo conmueve. Queda por fin cara a cara con el recuadro carcomido, que canta cadencioso, como queriendo eclipsar su congoja con la cálida canción. Entonces conversan.

¿Qué te aconteció?, pregunta el entrometido. Con tristeza y arrepentimiento, el espejo contesta: Tras tanto tiempo juntos, me hastié y no tuve tacto al cuestionar su atractivo.

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