Escondida | Sandy Manrique
Estaba con ella cuando desapareció. Me consideran responsable, yo solo cuento lo que sé. Es curioso, cómo pueden creer que un padre planee la pérdida de su propia hija .
Sucedió un día que la llevé al parque. Ella estaba corriendo en el pasto, perseguía ardillas y azuzaba a los pájaros que jugaban en medio de setos y hierbajos. Yo había llevado mi cámara réflex, la de siempre, la que me ha dado tantas insatisfacciones como momentos de júbilo. La última foto que guardo de ella es donde tiene una sonrisa grande, pero sus ojos exudan una seriedad casi contradictoria. En la imagen se puede ver el parque alrededor de ella. Era el tipo de parques que a un adulto le parece una mirruña, pero a un crío le basta.
Yo estuve mirándola todo el tiempo. Solo me descuidé cuando examinaba su foto en el visor de la cámara. Acerqué la imagen, examiné sus hoyuelos en las mejillas, encontré en sus pupilas la mirada acusatoria de su madre que parecía decirme que era un inmaduro, que resguardado en mis gustos, en mis pasiones por una vida a mi manera me había alejado de la realidad que pagaba las cuentas y te mantenía a salvo.
Era un logro que me dejara pasar una hora contigo cada semana. En eso pensaba y en la fortuna que tenía de saberte en un lugar seguro. En un parque pequeño al que casi no venía gente y tenías todo para explorar, soñar, saberte eterna. Parte de todo y a la vez tan ínfima que si algo no te saliera bien, poco importaba, porque estaba aquí para tenderte la mano. En este mundo. Conmigo.
Te escondiste y me gritaste que te buscara. Ocultaste tu cuerpo de junco tras un árbol de tronco rugoso. Yo grité que dónde estabas alargando la a y haciéndola ondear en el viento. ¿“Dónde estáaaaaaas? No te veo”. “Aquí” dijiste varias veces, tres, cuatro o quizá cinco. No lo puedo recordar con claridad, Asomabas tu cara juguetona, tus ojos cubiertos por las hebras de tu cabello. Y cuando salías, te acompañaba el cristal de tus carcajadas.
Hubo un momento en que el juego se detuvo. Dejé de verte y escuchar tus pasos. Un silencio mortecino se me vino a montar a los hombros, me estrujó el cuerpo y me puso en alerta. Grité tu nombre tantas veces como mi garganta me lo permitió. Te busqué con cuidado, recorrí cada milímetro de follaje, revisé el par de bancas, la resbaladilla, los columpios y hasta las copas de los árboles. Cómo podía ser posible que te hubieses extinguido.
Llamé a tu madre. Su histeria pareció salir del móvil y atenazar mi cuello sin descanso. Yo para entonces ya estaba con la policía y la zona acordonada, pero cómo se podía acordonar algo que parecía haber sucedido de modo paranormal.
Nadie me entendió. Nadie me entiende. Yo estaba disfrutando de una tarde con mi hija, una tarde que extrañamente me conferían, esta disfrutando su risa, sus colores, sus juegos cuando me quedé sin nada. Sin adiós, sin explicación, como tantas otras veces me ha dejado la vida.
La policía me llevó a la estación. Me detuvieron provisionalmente e iniciaron un proceso en donde intentaron encontrar explicaciones. No encontraron nada. Encontraron dolor, el sinsentido de no saberme entendido, el deseo de cubrir una parte de la paternidad que estaba ausente.
Desde entonces he regresado al parque todos los días. Tengo la esperanza de que un día mientras esté sentado en la banca del parque, integrado a ese mundo de serenidad, ella asome la cabeza y me diga: ¿por qué no me encontrabas?
Yo le diría que es difícil encontrar a alguien cuando uno mismo está perdido, pero que creía que la determinación combinada con el amor y las buenas intenciones podrían tener un resultado positivo. Tarde, pero estaba ahí y seguiría ahí por ella. Que aunque su madre me considerara un monstruo, la perdonaba, en ocasiones yo pienso lo mismo de mí. Cuidar de alguien un día para perderle de vista por estar distraído mirando un reflejo, un trozo de realidad capturado en un artilugio digital, es algo que no se hace.
Me disculpo, pequeña.
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