Error 404. Musca fuera de servicio | Iñaki Rangil
Son las ocho de la mañana, ha llegado el momento por anunciado, no por deseado. Más bien, todo lo contrario. Es la constatación del hecho, las musas se han declarado oficialmente en huelga y se palpa la incertidumbre en el mundo de las artes. No hay un solo autor que no esté preocupado. Ni al poeta le surge la rima, ni el escritor destila adjetivos apropiados. Al pintor le falta dar esa pincelada que dé vida a su obra. El arquitecto no encuentra la forma ni el equilibrio de su diseño.
Se han reunido en el monte Helicón para el comienzo de la manifestación de protesta. Polimnia se encarga de repartir los megáfonos, desde el principio le hace ilusión gritar “¡huelga indefinida!” con eco celestial. En junta, la noche anterior, habían decidido que no pasase ni una chispa creativa por la mente de ningún mortal. Hasta nuevo aviso se acabó iluminarnos. La convocatoria ha tenido un éxito pleno, sin ninguna escisión.
A partir de ese momento el silencio hace ronda en las tertulias de los cafés literarios. Los escritores se quedan mirando las tacitas. Los cineastas se quedan filmando gente común, que hace cosas comunes. Los poetas no pueden ir más allá de la lista de la compra o rimas del tipo “amor-dolor-tractor”. Los compositores no pasan de un simple acorde estridente. Incluso los influencers publican fotos sin filtros ni frases inspiradoras.
Clío, como delegada sindical, califica como éxito abrumador la cohesión del gremio. Ya estaban muy hartas de la explotación invisible: Ni agradecimientos, ni descansos, ni café de cápsulas. Inspirar es un trabajo emocional, dicen que ignoramos el desgaste que supone mover un verso al cerebro de un humano. Todas corean cánticos: “¡Lo nuestro no es magia, es jornada creativa!”. Tienen tres puntos reivindicativos que no están dispuestas a ceder:
Uno: Reconocer la autoría compartida.
Dos: Una semana de vacaciones por cada obra inspirada con resultados.
Tres: Supresión del término “bloqueo creativo”. No es bloqueo, es la huelga que mantienen.
En los noticieros señalan a todos los ministerios de cultura del mundo entrando en pánico. Se intenta sustituir esas carencias con la IA obteniendo unos resultados nefastos porque todas las expresiones artísticas son idénticas, no pudiéndose distinguir un autor de otro. Ante la situación algún exaltado ha propuesto el secuestro de una de ellas. Claro que eso no ha dado resultado, ella ha hecho ver que era un holograma y ha conseguido escapar dejándoles con la puerta en las narices.
Uno de los ministros de cultura, en representación del resto, intenta una negociación presumiblemente complicada. Les plantea las reflexiones que han barajado entre todos. Espera haberles dado caldo de cultivo para la duda. En todo caso, tiene la esperanza de recolectar algún fruto de esa siembra, aunque solo sea uno muy miserable.
Las musas han descubierto que su rebelión es “su gran obra maestra colectiva”. Entonces les viene una reflexión: ¿Cómo pueden continuar con la huelga si ese hecho de por sí ya es una inspiración que contradice su protesta? ¿No es eso inspiración que dicen haber paralizado?
Yo aquí me encuentro, exprimiendo mi cerebro para sacar adelante el relato para el reto de la semana que, aunque es libre, no me viene ninguna idea. Ellas dicen entre sus proclamas que nos las regalan. Sin embargo, no son conscientes de cuantas vueltas le damos a cada frase hasta llegar a leer aquello que casa con las visiones de nuestra cabeza, aunque sea inspirado por ellas. No tienen en cuenta que un artista sin musa es un trabajador sin sindicato y que una musa sin artistas no tiene para quien existir. Inspirar es compartir, no servir.
Mientras redacto estas líneas, siento una chispa detrás del oído derecho.
Creo que una de las musas está dirigiendo mi escritura. Pudiera ser que hayan terminado regresando al trabajo, pero con cláusulas nuevas: una firma invisible al final de cada obra: “Musa colaboradora no remunerada”.
Últimos relatos







