El salto | Sandy Manrique
Despertar y tener que ir a la escuela. Lo mismo siempre. Lo aburrido y los niños que nos dicen sudacas de mierda, que se mofan de nuestra manera de hablar. Rodarnos de la cama porque mamá y papá lo piden, porque tener disciplina y educarse es bueno, porque de esto depende nuestro futuro en España.
Alisarnos el cabello, asegurarnos de vernos distintas aunque hayamos venido del mismo embrión. Peinar hasta que no haya nudos por deshacer, poner gel para que los pelillos no salgan volando. Desayunar con madre, en silencio para no estresarla antes de que salga a su trabajo.
Salir con papá y caminar sin decir palabra. Lía se empieza a quejar de que le lastiman los zapatos. Nosotros le decimos que se apure. Ella se queda sentada en el suelo. A papá no le queda otra que regresar y descalzarla. Un escorpión sale de debajo del pie de mi hermana, afortunadamente no le ha picado.
Lía solloza, le preocupa haber lastimado al animalito. Padre le dice que no le pasó nada, que lo dejó ir. Seguimos caminando. Me voy pensando en como un animal tan venenoso decide permanecer quieto para salvar la vida. Al cabo de 20 minutos arribamos al portón negro de la escuela. Las dos preferiríamos los zapatos llenos de escorpiones a un solo día ahí.
Nuestro padre nos deja en la entrada. Nos envían a cada una a un grupo distinto. Mi hermana dice adiós con los ojos tristes, hace mucho que no la veo sonreír, no deja de mirarme. La puerta se cierra sobre ella.
Me las ingenio para seguir leyendo acerca de saltos cuánticos en clase. Lía y yo necesitamos un mundo insólito, un nuevo espacio que desde ahora puedo sentir entre mis dedos, un lugar donde a mi hermana y a mí nos dejan existir sin molestarnos. Puedo olfatear la fragancia del nuevo aire, olor a yerba fresca.
Un pelotazo de papel me trae a la realidad. La maestra no se ha dado cuenta y aunque lo hubiese visto, no habría reaccionado. El niño que me lo ha lanzado se ríe socarronamente, no trata de esconder lo que ha hecho. Cuando lo menciono a la maestra, me dice que soy una revoltosa y me lleva a La heladera. Ahí me quedo pensando mientras las yemas de mis dedos se vuelven violáceas.
A la salida de clases, nuestro camino a casa es silencioso. Interrumpo ese momento puro cuando le digo a Lía que será muy fácil, pronto estaremos bien. Ese mismo día emprenderemos el viaje. Arribaremos a una pradera en donde podremos divertirnos y comer naranjas. Papá y mamá también estarán ahí, sentados a nuestro lado, contándonos cuentos y jugando matatenas.
Le digo a Lía que nos pongamos lindas para iniciar el viaje más mágico que se pueda imaginar. “Lía, tú me dices que irías conmigo a cualquier lugar. Que como mi hermana gemela nunca me dejarás sola”. Mi corazón está alegre, trata de saltar, de adelantarse hacia ese lugar nuevo en el que podremos estar en paz.
Sentadas en la cama con las piernas cruzadas nos llenamos de crema, el olor a vainilla del ungüento brinca de nuestras manos hacia la nariz, Nuestros padres no han llegado de trabajar, les daremos la sorpresa, los esperaremos en la nueva realidad, en el mundo donde todo es posible y no tiene entrada el hastío.
Lía me pregunta si tengo los tickets para el tren, yo le digo que este viaje es diferente, que no necesita nada del mundo que conoce. Es solo un nivel energético distinto a en que hemos vivido todas nuestras vidas.
Abro la ventana y el viento nos golpea la nariz. Estoy tan emocionada que sonrío enseñando las encías. Mis ojos brillan y los de Lía también. Nos tomamos de la mano con nuestros mejores vestidos para celebrar nuestro cumpleaños número 11 y desde el piso 11 saltamos.
Hubiera sido mágico saltar y caer de pompas en una nube rosa que nos llevara a un sitio seguro, donde pudiéramos hacer amigos de verdad y nos olvidáramos de los malos momentos que venimos a pasar al primer mundo, pero esa nube no existía.
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