El mercado | Roberto Vega
Como cada sábado, el mercado estaba repleto de gente y Santiago había tenido que hacer cola para comprar. No es que le molestara esperar, estaba jubilado, su hijo había avisado de que no iría a comer y su mujer todavía dormía cuando él se había levantado, tenía todo el tiempo del mundo, pero había quedado, y le gustaba ser puntual.
Cuando llegó al pequeño bar situado junto a los puestos de venta de casquería, comprobó que Remedios, la camarera, ya le había reservado los tres asientos.
―Buenos días, Santiago. ¿Lo de siempre? ―preguntó la mujer con una sonrisa mientras pasaba la bayeta.
Santiago asintió. Sabía que Tomás y Cándido, con quienes había compartido la infancia correteando por las calles del barrio, y con quienes quedaba todos los sábados a esa hora, no tardarían en llegar.
―Para ellos bien caliente, Remedios, que como estén haciendo cola con la gente que hay…
Dejó la frase en el aire al tiempo que echaba un vistazo a la bóveda de hierro oxidado y cristal que cubría los puestos. Carne, pescado, verduras, especias, el café recién hecho. Los olores en aquel lugar eran como la gente que lo recorrían, variados, intensos, evocadores, una mezcla recurrente que se fundía y formaba una amalgama que para Santiago representaba toda una vida. Él mismo había tenido un puesto de pollos en la entrada norte. Recordaba las colas que se formaban los días que recibía el suministro semanal; los clientes lo sabían y querían llevar el género reciente, el más fresco.
Remedios preparó los tres cafés. Humeaban, como le gustaba al hombre, y los colocó frente a las sillas que Santiago había alineado para él y para sus amigos. La vendedora de un puesto cercano hizo un chiste, y varios clientes rieron de forma escandalosa. Aunque no había entendido bien, Santiago los imitó contagiado por su energía.
Vio llegar a Tomás y Cándido por el pasillo. Conversaban animados, como siempre. Le pareció curioso porque, cuando eran pequeños, Tomás siempre presumía de ser el más alto de los tres, sin embargo, a medida que se aproximaban, con las manos metidas en los bolsillos y los hombros algo caídos, a Santiago le pareció que no había diferencia entre ellos.
Cuando llegaron a su altura, se dieron la mano y tomaron asiento. Las tazas todavía humeaban. Remedios estaba fregando, se secó las manos y se perdió por la cortina que daba acceso a la cocina. Tomás comenzó a hablar de la nueva zona que estaban construyendo en uno de los laterales del edificio.
―¿Recordáis cuando íbamos allí a patinar después de la escuela? ―Levantó un brazo en dirección al lugar—. Entonces, toda esa zona estaba sin construir.
―¿Que si me acuerdo? ―contestó Cándido con su voz grave―. Menuda capa de hielo se formaba en invierno. No había quien la rompiera, y menudos trompazos, todavía me duele el culo al recordarlo.
Los tres estallaron en una sonora carcajada. Después, continuaron hablando, contando anécdotas que Santiago recordaba como si hubieran sucedido el día anterior.
―Bueno ―dijo Tomás mientras se levantaba de su asiento―, me voy, que todavía tengo que comprar el periódico.
―¿Cuánto se debe?
―Déjalo, Cándido —contestó Santiago—, que Remedios está dentro y no te oye. Hoy, invito yo.
Pasados unos minutos, Santiago miró el reloj. Tenía que comprar el pan y a su mujer no le gustaba que llegara tarde a comer, pero todavía tenía tiempo. Apuró el café. Cuando Remedios apareció, sacó un billete.
«Cóbrame, Remedios ―dijo él, y se lo entregó—, que estos dos tenían prisa. Y quédate con la vuelta».
Remedios asintió en silencio y observó las tres sillas frente a la barra. Al fondo, la figura desgarbada del hombre se confundía con la gente. Cogió la taza vacía de Santiago y la depositó en el fregadero. Después, asió con cuidado las otras dos, ya frías, pero todavía llenas, y las colocó junto a la otra. Recordó un tiempo en el que Santiago iba allí con Tomás y Cándido, sus amigos de toda la vida, ya fallecidos. Aquello había sido antes de que la mujer de Santiago también hubiera fallecido. Ahora, todos se habían ido, solo él continuaba recorriendo los pasillos del viejo mercado.
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