El farero

Lil Fernández

La tormenta se veía a lo lejos como una pálida cortina gris que se acercaba en medio de una bruma viscosa. El sol, oculto tras las nubes, se apuraba a huir para dejarle al Farum Brigantium la enorme responsabilidad de salvar las embarcaciones de la temida “Costa de la Muerte”.

Lucius ya se sentía viejo para esas faenas, había trabajado los últimos seis años como vigilante principal, y esa tarde, cuando las gotas de agua salada le empezaron a picar el rostro como pequeños alfileres, decidió que esa sería su última noche en el faro. Otra vez, lucharía contra el viento y el agua. También estaba cansado de ese colchón relleno de paja en el que mal dormía y de sus dos ineptos asistentes: unos adolescentes descuidados que solo querían embriagarse.

Lucius los había mandado al pueblo para reabastecer el aceite de oliva que ya escaseaba, solo tenía lo suficiente para mantener encendido el faro unas cinco o seis horas.  Subió despacio, su rodilla izquierda hacía un ligero chasquido en cada escalón. Cuando estuvo en la cima, sus ojos se humedecieron al ver los brillos intermitentes de la tormenta que parecía exigirle que encendiera el fuego de una vez, pero primero tenía que reemplazar la mecha.

La única tarea que disfrutaba era pulir el reflector de cobre. Ahí podía verse con mayor claridad. La imagen de su reflejo en el cóncavo metal le aportaba juventud y le recordaba a Octavia.

La conoció cinco años atrás, cuando fue a visitar un barco mercante de remos. Lo invitaron a un festín en agradecimiento por guiar el rumbo del navío y salvar la vida de los marineros y la preciosa mercancía. Octavia era cocinera. Para conquistarla, le contó la leyenda: que Hércules había llegado a esas costas en una barca, que fue ahí mismo donde enterró la cabeza del gigante Gerión, el injusto rey de Brigantium, y coronó con una antorcha el montículo funerario. Luego, Nerón se encargó de levantar ese faro.

Lucius y Octavia hicieron el amor en lo alto de la torre por cuarenta días. Luego, él la vio alejarse en el barco mientras ella agitaba un pañuelo blanco que se fue haciendo diminuto. Prometió volver. Quizá por eso, él no renunciaba.

El faro ya estaba encendido y sus asistentes no habían regresado aún con el aceite que hacía falta. Lucius no podía salir, porque no podía descuidar el fuego. 

Estaba preocupado. Pensó en todas las posibilidades: que el gobierno provincial se había negado a entregar el aceite por la baja recaudación de impuestos, que no habían recibido el cargamento de Hispania, o simplemente, que sus asistentes se habían tomado la tarde y no volverían.

Lucius cuidó el fuego mientras duró el aceite restante. El faro se apagó a mitad de la noche y con él, la esperanza de que los chicos volvieran; así que él salió en medio de la tormenta rumbo al almacén. Tocó con fuerza hasta que abrió un soldado, a quien le explicó la situación. Luego de un rato, le dijeron que era imposible, que no le entregarían nada hasta el día siguiente.

Se fue a la taberna donde encontró a los dos muchachos tirados en una de las esquinas. Se emborracharon y se quedaron dormidos. Uno de ellos abrazaba un barril. ¡Había conseguido un poco de aceite! Así que Lucius tomó el barril, lo cargó sobre su hombro y volvió al faro. Lo difícil fue subirlo sin ayuda. Su cuerpo era débil.

 Al momento en que empezaba a verter el aceite, a Lucius se le debilitó la rodilla y resbaló derramando todo el líquido viscoso. 

Quedó tendido en el suelo. La lluvia se mezcló con sus lágrimas, no había luna ni estrellas. Lucius solo pensaba en esa oscuridad de los ciegos, en ese miedo de no saber en qué momento podría chocar con algo. Imaginó el sonido de un barco haciéndose añicos contra las rocas filosas.

 A la mañana siguiente, el cielo era más azul que otros días. Todo parecía más brillante, pero en el puerto, reinaba la tristeza. Habían puesto en fila los cadáveres que llegaron con la marea. Octavia cumplió su promesa. Lucius lloró a mares.