El deporte

Marina Romo

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Se puso de pie frente al mar, observando el amanecer. Un sol rojo inundaba el cielo. Nubes rojas disipadas flotaban enfrente. Hacía frío; un halo gélido cortaba el aire. Era temprano: quizás serían las seis y media de la mañana. Y allí estaba Samuel mirando el mar y el amanecer rosado. Había estado corriendo por el largo paseo, sintiendo el frío en la cara y el sudor en su cuerpo. Curioso contraste.

Se sentía en libertad; corría mientras sus piernas casi volaban por el suelo. Hoy era el gran día; podía salir y correr… Se sentía emocionado de poder correr, levantar los brazos y dar saltos en un espacio abierto, sintiendo el aire. Corría y corría, dando grandes pasos. Se sentía feliz, sentía vida en su alma. Hacía muchos meses que estaba confinado en su habitación con la única compañía de su gato anaranjado, un ordenador y un monitor. Los largos meses de confinamiento habían sido días vacíos. Su pasión era el deporte… sentir el fresco de la mañana o la tibieza del atardecer en su rostro.

Con apenas veinte años, estaba viviendo una situación de pandemia que le resultaba muy extraña, como a todos. Su juventud y la energía que sentía eran enjauladas por el bien común. Y lo entendía.

Su madre se había mudado de casa hacía tres años; él, queriendo ser un niño-hombre independiente, se quedó en el piso familiar. Quería demostrarse a sí mismo que era capaz de ser autónomo y autosuficiente. Su madre tenía dos sentimientos encontrados: por un lado, se sentía orgullosa de que su hijo quisiera crecer como persona y, por otro lado, sentía el síndrome del nido vacío, y lo echaba de menos. Vivían en la misma ciudad, pero no en el mismo barrio, y la policía controlaba las calles y la movilidad de los ciudadanos.

Vivía, de su casa, apenas a diez minutos de coche, pero pasaban días y no podían verse. Le habían vedado las dos cosas más importantes para él: el deporte y su madre.

Ella aprovechaba alguna tarde para hacer la compra cerca de la casa de su hijo. Con el carro de la compra en la mano, subía cuatro pisos, lo que le costaba algo de trabajo debido a una enfermedad vascular, para poder verlo y abrazarlo. Pasaban dos horas juntos, hablando, riendo y sentados en el sofá, hasta casi las ocho de la tarde, y debía irse.

Ella lo llamaba por teléfono pensando en su cara, aún de niño para ella, que tantas veces lo había abrazado y mecido en sus brazos.

–Hijo, ¿cómo estás? ¿qué tal el día?

–Bien, mamá; he estado limpiando los muebles de la cocina y haciendo deporte.

–¿Haciendo deporte? En un piso de apenas sesenta metros… —acotó sorprendida.

—Sí, he hecho flexiones en la habitación, footing por el salón, alrededor de la mesa y después iba al dormitorio y volvía —contestó con voz seria.

—¿Mediste la distancia desde el salón al dormitorio? Habrá unos 40 metros, ¿no? —calculó aún más impactada.

–Sí, mamá, ya sabes que es un apartamento-estudio: no hay mucho donde correr, por cierto. ¿Me compras por internet una barra fija para hacer dominadas? —pidió con interés.

—¿Dominadas?, ¿qué es eso? —preguntó con curiosidad: no había nunca escuchado esa palabra.

–Sí, la necesito para las pruebas físicas para el examen. Es que antes iba

al paseo, donde había aparatos de deporte, pero ya no se puede salir. El parque deportivo está precintado, y necesito seguir entrenándome.

—Claro, claro, envíame un enlace para hacer el pedido.

—Hoy he salido a correr, mamá. —Sentí su ilusión a través del teléfono.

—Me alegro, mucho, ya sé que lo echabas mucho de menos —reconocí con cariño.

—Me he dado cuenta, mamá, de que debemos apreciar las cosas que tenemos. Cuando he estado sin ti y el deporte, sentía que no tenía ilusión.

—Quizás, hijo, cuando no tenemos las cosas, es cuando verdaderamente las valoramos. Me alegro mucho de que hayas aprendido esa lección de vida. Mucha gente con más edad que tú que aún no lo ha aprendido. Recuerda, Samuel, que la vida es para aprender. Te quiero, hijo. Hasta mañana.