El asesinato de la zona sureste | LeMo
No es la primera vez que entro en un tribunal, y la verdad es que, de todas las razones por la cual una persona se encuentra en este tipo de estancia, habría querido elegir otra.
Las butacas de plástico van a juego con la decoración aséptica de los que vienen a presenciar el “evento”. El nogal de la mesa de la parte del juez refleja el lado robusto de la justicia; los asientos acolchados de los jurados muestran la importancia de su decisión; y el aposento aislado del presunto culpable (detrás de una vitrina) realza la importancia de su crimen. Yo le hubiera añadido unas rejas para poder enaltecer su lado animal.
La sala se llena poco a poco con las miradas mutuas de los extraños. Se percibe en sus expresiones la duda de “de qué lado estarán”. Algunos son solo curiosos en busca de morbo; los demás son periodistas y cadenas de televisión. A pesar de la multitud de los presentes, hay un silencio hueco de palabras, pero lleno de incertidumbre. Observo la sala en busca de mi marido; veo su cabeza erguida con la mirada hacia el vacío; sus manos entrelazadas y unidas por sus dedos índices, posados sobre sus labios… Probablemente, esté impaciente por que esto empiece lo antes posible o, simplemente, quiere que se acabe pronto. Me siento a su lado y lo saludo con una sonrisa; me coge la mano y me la aprieta con fuerza.
El jurado va entrando poco a poco; cada uno se instala en su asiento asignado. Algunos observan la sala y nos miran con condescendencia; otros, con intransigencia… ¿buena o mala señal? Otros evitan nuestro rostro mirando hacia el suelo. Los abogados se instalan en sus mesas; la nuestra se acerca a nosotros y nos ofrece unas palabras reconfortantes. La sala entera se levanta cuando anuncian la llegada del juez: setentero, extenuado, sin expresión. Su peluca le da un toque ridículo; cada vez que lo veo, sonrío por dentro sin poder evitarlo. El momento tan ansiado ha llegado; la puerta del fondo se abre. A su lado está Salvador, el acusado. Observo cada detalle de su rostro… busco entre sus facciones una recóndita señal de arrepentimiento, nada más, porque ya no hay vuelta atrás. De nada sirve pensar que no fue él; las pruebas dicen que lo hizo, y nada devolverá la vida a Cristina.
Mi interior se muere de dolor cada vez que me encuentro frente a él… mi marido no lo mira: no puede… es demasiado duro. Solo nos quedan los millones de preguntas sin responder y, sobre todo, los porqués. Cristina estaba llena de vida; parecían felices juntos y tenían un montón de planes. No vimos ninguna señal de alerta, nada que nos hiciera pensar que la maltratara; nada que nos mostrara su agresividad. Siempre tan cariñoso, tan bien educado…
La hora de la sentencia ha llegado: el presidente del jurado se pone de pie… da su veredicto en un sobre cerrado al letrado… este transmite el sobre al juez. Todo va en cámara lenta. “Presidente del jurado, por favor, comuníquenos que decisión han tomado”.
Mi cuerpo y mi mente se disocian al oír: “La sentencia por el asesinato premeditado, con cuarenta y dos puñaladas, de Cristina Romero, es de veinte años…”. Dejo mi cuerpo, salgo a divagar en la sala; la gente grita, otros lloran. Salvador nos mira… mi marido me abraza, solloza. Quiero morirme, morirme por haber dado a luz a un monstruo; quisiera sucumbir aquí por haber llamado a mi hijo “Salvador” cuando tendría que haberlo llamado “Belcebú”. ¿Quién quiere engendrar a alguien así?
Me levanto y me dirijo hacia su madre, Maite. Me mira a medida que me acerco… no me evita, confronta mi mirada. Veo el dolor; la injusticia está escrita en sus ojos. Veinte años no son suficiente: yo misma lo sé. Freno cuando nos encontramos a una distancia que supera la intimidad; mis labios se abren para pedir perdón y, sin decir nada más, me tiende los brazos y lloramos juntas; lloramos la pérdida de Cristina, lloramos el dolor. Lloramos y solo lloramos.
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