Andrés García

El arquitecto

Después de cuatro años de búsqueda, Jean Baptiste, apodado «El Arquitecto» por su meticulosa manera de asesinar, fue detenido por la policía de Monterrey. Se le acusa de veintisiete ejecuciones. Los abogados de Baptiste defienden su inocencia, basándose en un diagnóstico de psicosis grave. Según los médicos que lo evaluaron, no pueden considerarlo responsable, ya que no controla sus actos.

La fiscalía mandó llamar al Doctor González, reconocido criminólogo y psicoterapeuta, para que se hiciera cargo del caso.

El Doctor González, quien había colaborado en numerosos casos desentrañando la verdad desde las profundidades de la mente humana, entendió que este caso no sería sencillo. Sabía que necesitaría una evaluación meticulosa, ya que estas mentes actúan como verdaderos laberintos.

A media mañana, el agente especial Treviño escoltó al Doctor González hasta la sala de interrogatorios. Debía demostrar que Baptiste era responsable de los asesinatos, si no, el acusado sería enviado a un psiquiátrico solo por un breve periodo y al obtener su libertad, sin duda tendría el deseo de seguir construyendo su legado.

 

Sentado frente a Baptiste, con una mesa entre ellos, el Doctor González observó al hombre detenidamente. Su apariencia física no reflejaba lo que guardaba en su interior; a simple vista, era un hombre atractivo, pero su mente albergaba a un sádico asesino.

Después de sostener su mirada por unos momentos, el Dr. González pensó: “Es hora de adentrarme en ese laberinto y encontrar la lógica detrás de las ideas distorsionadas por el sadismo. Ahora es mía la responsabilidad de evitar que su retorcida mente disfrute de nuevo del dolor que inflige”.

  • ¿Cómo te sientes, Jean? El silencio fue la única respuesta.
  • Si prefieres no responder, está bien. Debo informarte que tu futuro depende de mi diagnóstico. Si no colaboras, simplemente recomendaré la pena de muerte.

        Por un momento el silencio volvió a reinar en la habitación.

  • ¿Quién eres? – gruñó Jean.
  • Soy el Doctor González, criminólogo y terapeuta, especialista en casos como el tuyo.
  • ¿Casos como el mío? – replicó Jean, soltando una carcajada que tomó por sorpresa al doctor. — ¿Estás seguro de querer adentrarte en mi mente? ¿No temes perderte?
  • Con mi experiencia y la asistencia de este novedoso dispositivo que me permite explorar tu subconsciente, dudo que me confunda o que llegue a perderme – respondió el Doctor González.
  • Lo que le suceda no será mi responsabilidad doctor. Haga su trabajo y adéntrese. Ahí lo espero.

Los asistentes del médico administraron un sedante suave a Jean y luego conectaron los electrodos tanto al psicópata como al doctor.

—La mente del Doctor González se encontró inmersa en el subconsciente de Jean. Basándose en su experiencia, el Doctor comenzó a recorrer el laberinto mental de Jean, en busca del trauma central. 

Cada pasillo le revelaba un recuerdo distinto: «Luego de que Fer me ponchara el balón, fui por su perro y lo até. Cuánto disfruté lanzándole piedras; sus aullidos me provocaban placer, pero ese maldito perro apenas resistió seis impactos». 

En cada encrucijada había una decisión: «Decidir si empalar o enterrar a mis víctimas era más excitante que pensar en una mujer«.

 Cada corredor evocaba una emoción diferente: «A los quince años, los animales ya no me satisfacían; anhelaba algo más. Qué satisfacción sentí al ver el rostro de mi primera víctima cuando se asfixió dentro de esa bolsa de plástico».

Conforme avanzaban los minutos, el doctor comenzó a olvidar la razón por la que había entrado al laberinto. Las paredes parecían desplazarse, bloqueando algunos caminos y revelando otros. Desde pasillos distantes, escuchaba risas, llantos y gritos.

En su desconcierto, el doctor, en lugar de avanzar, se halló dando vueltas en círculos, reviviendo los mismos traumas. Ya no podía determinar si estos recuerdos eran de El Arquitecto o propios. Las imágenes de su infancia, sus miedos y remordimientos, empezaron a fusionarse con los del psicópata.

En una bifurcación, se topó con un espejo antiguo, su superficie estaba empañada por el paso del tiempo. Al limpiarlo y mirar, no encontró su imagen, sino la de El Arquitecto, que lo miraba, divertido.

«Creías que podrías salvarme», susurró el reflejo. «Pero, en realidad, te has extraviado en mi desorden». 

Con una sonrisa, el Arquitecto abrió los ojos. Había ganado. El psicoterapeuta estaba en coma.