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Dos misisipis | Sergio Llamas

Dos misisipis | Sergio Llamas

Fran contó un misisipi, pero aquello todavía estaba por ver. 

El truco —su padre estaba cargado de trucos— era sencillo: para saber si guardas la  distancia de seguridad adecuada con el coche que circula por delante, debes contar dos  misisipis. El coche pasa un árbol o una señal de tráfico. O, a lo mejor, un cartel con un  anuncio —aunque cada vez se ven menos en la carretera—. En cualquier caso, el tipo  que va delante cruza una frontera imaginaria y en ese momento debes empezar a decir:  “Un misisipi… dos misisipis”. Y, si te da tiempo a terminar antes de llegar a ese punto, vas  bien. 

No tienes que decirlo en voz alta, pero a veces Fran lo hace. Cuando circula solo y está  aburrido, cuando se distrae de las voces de la radio o está atrapado en uno de esos  atascos que se extienden hasta donde alcanza la vista, él cuenta dos misisipis en voz alta  y a veces añade: “Esta va por ti, papá”. 

Lo hace también cuando la persona que va por delante viaja de forma errática, como si  estuviera perdido o, peor aun, como si condujera bajo alguna influencia. Bajo “una de  esas gripes” que solo duran una noche. 

“Una de esas gripes” también era una expresión que a veces utilizaba su padre, sobre  todo cuando Fran era pequeño. Normalmente, lo hacía al día siguiente. Durante aquellas  mañanas en las que se acercaba con ojos de perro abandonado, la cara rasposa y un  aura de fatiga. Entonces le decía: “Chico, siento lo de anoche. Papa estaba malo. Tenía  una de esas gripes”. Y le acariciaba la mejilla allí donde todavía asomaba la marca roja de  su enorme mano. 

El truco de los dos misisipis era bueno. Su padre lo utilizaba cuando iba con él en el  coche. A veces el truco se les iba de las manos, y eso… eso también era bueno. En esas  ocasiones, lo provocaba: “Oye Fran, ¿voy bien?, ¿hago los dos misisipis?”. Y él  enseguida le seguía el juego. Lo hacía porque era su padre y porque lo quería, pero  también lo hacía porque así se sentía cómplice… y aquella sensación lo embriagaba. 

El caso era que él decía que sí y, entonces, su padre acercaba el coche al que tenía  delante cada vez más y más. Se le pegaba tanto que su capó le impedía leer la matrícula  del otro. Tanto que podías ver la expresión de miedo de aquel conductor reflejada en su  retrovisor. 

Y, entonces, su padre empezaba: “Vamos, Fran; vamos, haz la prueba”. En cuanto  pasaban un árbol o una señal o un anuncio, él contaba dos misispis tan rápido como  podía. Algo que sonaba como “Un-mispisi-dos-misipisi”. Y su padre decía: “¿Todavía te da  tiempo? ¿Todavía vamos bien?”. Y se juntaba un poco más, incluso aunque el otro tipo  tratara de acelerar su coche para escapar. 

A veces, cuando el juego llegaba lejos, su padre se acercaba tanto que acariciaba el  parachoques del otro vehículo. Era una provocación, como darle a alguien un empujón en  mitad de una fiesta. Solo para enfadarlo, para decirle que estaba allí. Y Fran, en el asiento  del copiloto, daba saltos de niño y se reía, y contaba como un loco: “Unmisipisi dosmisipisi. Unmisipisi-dosmisipisi”, hasta que parecía que el corazón se le iba a salir del  pecho y sus pulmones se llenaban con el humo del tubo de escape.

Pero ahora su padre no estaba, y el segundo misipisi ya no era seguro. Aquel viejo coche  de antaño ya había desaparecido. Había sido convertido en un cubo de acero y caucho no  mucho antes de que su padre aprendiera un nuevo truco, uno al que se jugaba con una  jeringuilla. Era fácil. La hincabas en tu brazo hasta que la adrenalina se salía de todas las  cuentas posibles. Un misisipi: estás vivo. Dos misisipis: te mueres con los pantalones  cubiertos de meados. 

Sin embargo, a Fran aquel juego de su infancia seguía volviéndolo loco. Por eso, cuando  atravesó el quitamiedos, cuando el barranco se echó sobre él, gritó en busca del segundo  misisipi. Y la caída fue taaaaaan larga que esta vez se quedó sin aire en los pulmones.

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