Dónde termina la forma | Aída Vergara
La sabiduría de la Luna es mayor que la sabiduría
de la Tierra, porque la Luna ve el universo
más cerca que la Tierra.
Mehmet Murat
Dónde termina la forma
Respiras lento.
El aire de este planeta es denso, imperfecto, cargado de olores que no comprendes del todo. Cada inhalación es un acto de fe, una promesa que podrás seguir fingiendo. Nadie nota el esfuerzo que implica mantener esta forma, esta piel prestada.
Te sientas entre ellos, los astrónomos.
Llevan años mirando hacia el cielo, tratando de entender lo que tú ya sabes.
Hablan de nebulosas, de espectros de luz, de señales que podrían ser voces.
Tu escuchas y sientes. Dices lo justo.
Imitas sus sonrisas, su fascinación por lo que desconocen.
A veces olvidas que no eres uno de ellos. A veces logras engañarte.
Te llamas cómo te dijeron debías llamarte: Elías. Un nombre redondo, humano, suficiente para pasar desapercibido. Te uniste al grupo hace seis meses, cuando buscaban voluntarios para estudiar patrones de radiación en noches despejadas. Dijiste que amabas las estrellas y nadie sospecho que eras una de ellas.
Pero esta noche algo es distinto. Los demás hablan con un tono nervioso . Uno de ellos, una mujer de cabello oscuro, menciona el rumor: ¡dicen que entre nosotros hay un impostor!. Un ser venido de fuera, capaz de transformarse, de imitar la voz, de confundirse entre nosotros. Ríen, por supuesto. Hace un chiste sobre películas viejas y teorías conspirativas.
Tu también ríes, aunque tu garganta vibra con un temblor que no puedes controlar. La risa se atasca en los dientes. La mujer cuenta que, según una leyenda, los alienígenas no soportan la luz de la luna. Que en su presencia no pueden mantener su forma humana. Que bajo la luna llena la verdad se les escapa por los poros.
Alguien propone comprobarlo en el próximo encuentro. Un ritual, afirman, entre amigos, para reírse del miedo. Tú asientes, fingiendo curiosidad. Pero el silencio dentro de ti es más grande que cualquier galaxia.
Dos noches después, la luna nace redonda, sin sombra. Su luz, cae sobre los techos del observatorio, una lluvia de plata. Ellos llegan riendo, cargando termos de café y linternas. Tú también llegas, siguiendo la costumbre, con los mismos gestos qué has aprendido a repetir. Todo parece igual, pero el aire tiene una textura distinta, más pesada, más cierta.
Se acomodan en círculo. El ritual, será sencillo: cada uno compartirá una historia sobre su primer encuentro con el cielo. Hablan uno a uno con voz temblorosa o alegre. Cuando llega tu turno, sientes que el tiempo se detiene. Piensas en mentir pero ya no recuerdas cómo suena una mentira que no duela.
“Yo lo vi desde adentro, la luz no se parece a lo que imaginan. No calienta, no brilla. Sólo arde en silencio”. Ellos ríen otra vez, pensando que bromeas. Pero la luna no. La luna te mira.
Sientes como la piel se endurece, como el aire empieza a rechazarte. Tu sombra tiembla. El reflejo en sus ojos se deforma, se abre, se parte en mil fragmentos. Intentas contenerlo, sujetar el disfraz con la fuerza del miedo, pero el cuerpo humano se vuelve frágil, inútil.
Tu verdadera forma se abre paso desde adentro, como un recuerdo que ya no puede reprimirse.
No gritan al principio. Sólo observan. Hay algo hipnótico en lo que emerge de ti: una luz azulada, temblorosa, hecha de distancias. Esa es tu piel. Tu verdadero rostro. Entonces entiendes, no temías ser descubierto, sino recordado. Porque olvidaste al llegar aquí, el sentido de pertenecer, no a tu planeta.
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