Donde calla el agua | Aída Vergara
Después de la embestida del mar, se hizo presente el mutismo total. No brotaba de mi boca palabra alguna, apenas lo podía creer, yo que iba al viaje de mis sueños, cómo quien entra en una promesa: siete días para dejar que el mar me desarmara en paz y al tercero el mar se volvió mi enemigo.
Playa Cahuita en Puerto Rico fue la elección. Un pueblo que respira lento, como si el Caribe le marcara el pulso. Las calles son tranquilas, casitas de madera en colores suaves casi siempre abiertas para que corra la brisa humeda. El sonido que domina no es el tráfico, sino el mar golpeando con suavidad, la gente, que parece hablar sin prisa, como si cada palabra necesitará al sol.
Los dos primeros días fueron: playa, comida fresca, caminatas lentas por el pueblo. Pero el tercero amaneció distinto. El aire estaba más pesado, el mar demasiado quieto . A media mañana llegó sin aviso. El viento cambió de acento, los pájaros callaron y el mar, que hasta entonces me había arrullado, decidió levantarse. En segundos, el viaje que había imaginado durante años se convirtió en una carrera por salvarse entre gritos, agua y confusión.
Ahora camino entre lo que quedó: la cafetera oxidada medio enterrada en arena, una silla de hierro blanco como un papel, no escucho nada. Ni el mar,ni el rumor dulce de las palmeras. Sólo este silencio reseco que se pega en la lengua. Arrancado del suelo late un antes que ya no sé si volverá, y un después que no tiene nombre.
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