Domingo de ramos | Elsa Ojeda
Hace calor. Me bajo un poco los calcetines con disimulo mientras miro de reojo a mi madre (charla con la vecina, no me ve). Me froto el tobillo ahora desnudo, repasando con la yema de los dedos el dibujo que el calado de los calcetines ha dejado impreso en rojo y blanco sobre mi piel.
—¿No vienes? —Mi hermana salta de bordillo en bordillo, alrededor de la ‘fuente de las ranitas’. La llamamos así por los cuatro batracios que lanzan agua a los cuatro peces que, desde lo más alto de la fuente, los miran. Me encanta esa palabra: ‘batracio’. Es de ésas que solo de pensarlas me dan risa. Creo que se la oí por primera vez a Mendivil, el profe de ‘Natu’, y desde entonces la uso siempre que puedo. Batracio…
—¡¿Que si vienes?! —Se ha agarrado el vestido a la cintura y ha saltado al otro lado de la pequeña valla metálica que rodea la fuente y separa el estanque del verdín.
—No se puede entrar ahí… —le respondo vagamente mientras me acerco dispuesta a imitarla.
El sol brilla sobre el Espolón de Logroño. Me recojo la falda. Es azul, azul turquesa, con un encaje blanco debajo que se deja ver cuando camino. Sin duda, mi falda favorita. La estrené el día de la comunión de mi hermana y ahora me la pongo en las fechas especiales.
—Bajaos, que os vais a caer. —advierte mi madre mientras se acerca con las dos palmas de Domingo de Ramos en las manos.
Me gusta la Semana Santa; hace bueno, no hay cole y Rafaela, mi vecina, nos decora las palmas de Domingo de Ramos con palomitas. Vemos la procesión de la ‘borriquita’ y vamos a tomar calamares a algún bar del casco viejo. A veces, si hay mucha gente por el centro, caminamos hasta el ‘Tizona’, donde ponen unas cazuelitas hechas de patatas fritas que rellenan de ensaladilla rusa. Suena raro, pero están buenísimas.
Papá pide un tinto, mamá un ‘bitter kas’ y nosotras un mosto rojo, que es el más rico. Y así se nos acaba haciendo tarde, pero no importa porque mañana es fiesta y da igual si se come a las tres o a las cuatro. O eso dice papá que ha dejado la paella medio preparada en casa.
—No os preocupéis que no nos persigue nadie. —bromea, mientras sigue sacando cacahuetes al centro de la mesa. Mamá le mira y sonríe, y me ofrece un poco de su bebida como cada domingo.
El ‘bitter’ es amargo, pero me gusta. No sé si es por el sabor o más bien por ese rojo brillante que tiene. Puede que solo sea porque lo bebe mi madre y le queda muy bien entre las manos y la miro y quiero ser como ella y le pido “un sorbito, solo uno” y bebo despacito hasta que siento que las burbujas me suben a la nariz y me entra la risa floja. Y se me escapa un poco de líquido rojo por la boca, y mi madre se ríe y mi padre nos mira, y mi hermana ahora también quiere “un poquito mamá, solo un poquito”.
De vuelta a casa, el camino es a paso también de Semana Santa: una parada aquí y otra allá.
—Va, cinco minutos y nos vamos. —Papá mira el reloj y enciende un cigarrillo. Mamá se sienta en un banco, mientras corremos hacia el tobogán.
La arena del parque se cuela entre los calcetines calados y mis zapatos azul marino. Me molesta, pero «es solo un rato» me digo, mientras subo por la escalera, agarrada con dos dedos a la barandilla, que arde bajo el sol.
—Tendré que echar a lavar esos calcetines según lleguemos a casa —dice mamá mientras dejamos atrás los columpios.
Mi hermana salta por delante sorteando los rosales hasta que se detiene y se vuelve:
—¿Y esto qué es? —pregunta señalando el suelo, elevado, tirante, bajo el que se aprecia una forma larga y zigzagueante.
—Una raíz de árbol, hija —dice papá.
—¿Y para qué tan grande?
—Porque cuanto más fuertes son las raíces, mejor crece el árbol, mi vida.
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