Doble o nada

Miriam G.

Cuando salí de la ducha, vi en el espejo que el moratón de la espalda ya tenía un tono amarillento. Eran las cinco de la mañana y me esperaba un día intenso en el trabajo. Me afeité y observé las facciones de mi rostro; era evidente que me parecía mucho a él. Gracias a eso no dudaron en contratarme. Normalmente nadie se daba cuenta del cambiazo; en este trabajo en concreto, sería imposible diferenciar quién era quién.

Llegué a las seis en punto de la mañana; después de pasar por vestuario y maquillaje, coincidí con él en los pasillos.

—¡Hostia! ¡Si parecemos gemelos vestidos iguales! —dijo Mario soltando una carcajada—. Hoy toca el accidente de coche, ¿no? Me encantan las carreras de coches.

—Pues yo espero que no tengamos que hacer demasiadas tomas; el último día fue demasiado intenso.

—Ya, tío, llegué muerto a casa. 

En ese punto de la conversación, no dudé en alejarme poniendo una excusa. «¡Será capullo!» pensé. Como si el Gran Mario “Cachas» se hubiera esforzado mucho en la escena de la explosión; era yo el que saltaba por los aires. Era mi espalda la que se golpeaba contra el suelo y, como consecuencia, tenía un moratón del tamaño de una sartén y era yo el que literalmente llegaba destrozado a casa.

Me encantaba mi trabajo; los dobles de acción rozábamos el límite para que el espectador se metiera de lleno en la película. No tenía que parecer real: tenía que serlo, y para ello saltábamos por los aires en medio de fuego y humo de explosiones. Nos lanzábamos desde alturas imposibles o nos dejábamos atropellar por coches. Pero también era cierto que mi gran sueño siempre había sido ser actor: fui a muchos castings, pero nunca me seleccionaron, así que probé con lo de ser doble de acción. Me gustaban las emociones fuertes; se me daba bien, y casi nunca me faltaba trabajo.

Entonces, apareció Mario en la pequeña pantalla; era alucinante. Yo podía ser su doble o él el mío. Incluso me paraban por la calle creyendo que era él. En un principio me hacía gracia pero, al ir siguiendo su carrera, me di cuenta de una cosa: yo era mucho mejor actor que él. Me aprendía partes de los diálogos de sus películas y las reproducía en la intimidad con mis amigos y familiares cuando me lo pedían. Aparte de mi indudable superioridad vocalizando, era capaz de dar una vida al personaje que el propio actor no conseguía: yo transmitía más.

Me motivé a volver a hacer pruebas para distintos papeles pensando que, si él había triunfado, por qué yo no; pero la respuesta siempre era la misma: ya había un Mario Casas; no necesitaban a otro. Aunque yo fuera, a todas luces, mejor.

Al poco tiempo, me llamaron directamente de la productora para ofrecerme ser el doble especialista en la nueva película que querían rodar. Era el doble perfecto para las escenas de acción. Acepté resignado a ser el segundón sin recibir ningún reconocimiento.

En el rodaje lo conocí personalmente y tuve que recurrir a mis habilidades como actor para que nadie, ni siquiera él, se percatara de lo mal que me caía. Pero a Mario parecía que yo le había caído en gracia.

«¡Eh, Raúl! —me llamó cuando ya había llegado al lugar del rodaje—. Hemos estado hablando con el director, y creemos que será más realista si esta escena la hago yo mismo. Keanu Reeves y Tom Holland también lo hacen, así que no puede ser tan complicado».

Pero ¿quién se había creído que era? No solo me quitaba la escena cuando él ya era el protagonista, sino que, además, ninguneaba mi trabajo. En mi interior ardían los nueve infiernos de Dante, pero logré esbozar una sonrisa y asentir. Si era decisión del director, había que acatar.

Tardaron un poco más de lo previsto en tenerlo todo preparado y, aunque se suponía que no me necesitaban, me quedé para ver el accidente.

—¡Acción! —gritó el director. El coche empezó a tomar velocidad en dirección a Mario para simular el accidente. Todo fue muy rápido; el coche lo golpeó cuando se suponía que tenía que frenar, y él salió despedido entre los gritos de todos los presentes. Los sanitarios corrieron a socorrer al famoso actor, y yo, en primera fila del espectáculo, fingí mi mejor cara de horror. «Así aprenderá», pensé.