Desrealización | Ana Efigenia
Abrió los ojos y no reconoció nada: ni la cama, ni las paredes, ni el sonido lejano que parecía surgir de un lugar imposible. Ni al maromo que tenía al lado con la boca abierta y respirando de forma escandalosa.
—¡¿Quién coño eres?! —espetó a la vez que tiraba de las sábanas para cubrirse.
—¡Joder! Y, ¿tú? —le reprendió, arrancándole la sábana de las manos de forma violenta y volviéndose a tapar.
—¡He preguntado yo antes!
—¡Ah!, ¿y eso te da preferencia?
—Digo yo que sí.
—Pues yo que no.
—¡Que cojones! ¿Qué es esto?, ¿una pelea de gallos? —Ambos se miraron enojados y a continuación empezaron a observar la habitación detalladamente.
—Vale, vale… Ehh… ¿Dónde estamos? ¿Es tu casa?
—Que va, pensé que era la tuya.
Cerró los ojos y esperó…
Laguna mental
Abrió los ojos y no reconoció nada: ni la cama, ni las paredes, ni el sonido lejano que parecía surgir de un lugar imposible. Se tanteo las bragas, después el sujetador inexistente, y, por último, los calcetines: siempre se los dejaba puestos para dormir. El aroma dulce que provenía del exterior de la habitación le gustó. Se planteó quedarse en la cama o salir en busca de aquella provocación. Se puso una camiseta que había encontrado en el suelo junto a su sujetador y salió. «¡Bendito sea el señor!», pensó. Lo primero que vio fue unos glúteos duros moviéndose al compás de la canción Bonito es, de los Sencillos. Tenía la espalda musculada y el cabello castaño. Estaba completamente desnudo y sujetaba una ruidosa batidora con las manos. Se atragantó con la saliva y comenzó a emitir unas estridentes sibilancias que sacaron al desconocido de su danza. Inmediatamente soltó la máquina y se acercó a ella. Sujetó sus muñecas, elevó sus brazos y le sopló despacito en la frente. «Esto me lo enseñó mi madre», le dijo. La mujer, mientras recuperaba el aliento, no pudo dejar de admirar el miembro del hombre, que se movía a sus anchas al son de Bonito es. Después lo miró a los ojos y le preguntó con la expresión. «Tranquila, solo fueron seis veces», dijo él.
Enajenación
Abrió los ojos y no reconoció nada: ni la cama, ni las paredes, ni el sonido lejano que parecía surgir de un lugar imposible. Se levantó y salió al pasillo. «¡Manolo!», gritó. Pero Manolo estaba montado en su podadora recorriendo todo el jardín con unos enormes cascos sobre los oídos, meneando la cabeza al son de la música. Se asomó por la ventana del segundo piso y lo avistó con su gorra de cuadros preferida, su pantalón a rayas blancas y rojas, y su camisa hawaiana de los sábados. «¡Manolo!», volvió a gritar.
El marido siguió el vuelo de una paloma y, al levantar la vista, se encontró con su mujer en la ventana haciendo aspavientos con los brazos. Mostró su mejor sonrisa y la saludó moviendo una mano. «¡¿Le habrá gustado la sorpresa?!», pensó Manolo.
Extenuación
Abrió los ojos y no reconoció nada: ni la cama, ni las paredes, ni el sonido lejano que parecía surgir de un lugar imposible. Se puso de pie de un salto y oteo la cantidad de gente que pululaba a su alrededor observándola. Se miró las manos, y soltó de pronto un cojín con forma de aguacate que apretaba con fuerza y que parecía estar babeado.
—¿Le pareció cómodo el colchón? —Sintió como el rubor cubría sus mejillas y un incipiente mareo le hacía perder el equilibrio. Miró la chapita de color plata que mostraba el nombre del empleado, y volvió a caer sobre el colchón. Las personas que visitaban la tienda de muebles no pudieron evitar soltar socarradas.
—Lo siento. ¿Me he quedado dormida?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Cerca de dos horas.
Simple borrachera
Abrió los ojos y no reconoció nada: ni la cama, ni las paredes, ni el sonido lejano que parecía surgir de un lugar imposible.
—¡Maríaaaaaaa!, ¡¿he vuelto a casa?!
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