Demencia Fatal | José Luis Rivas
Con los ojos desorbitados, mi hermano Miguel cuenta que ve cabezas humanas chorreando sangre, colgadas de los cables de la luz. A veces ve también serpientes entrelazadas. El delirium tremens se apoderó de su cerebro a causa del alcohol y la falta de alimentación. Miguel vive con nuestro padre, que por las noches se encierra en su habitación ante las amenazas de muerte y no duerme. La situación es insostenible. ¿Cómo es posible que se haya llegado hasta este punto?
Miguel nació cuando yo tenía siete años, con algún problema de salud que nunca me contaron, o que ya olvidé. Recuerdo las mañanas escarchadas por el frío intenso, acompa;ando a mi madre con mi hermano en brazos, a tomar el tranvía para el Hospital Central.
–¿Por qué no estudias? -le decían mis padres- Tienes que estudiar, o no vas a servir para nada en la vida. Aprende de tu hermano, que trae las mejores notas del colegio. Todos los días la misma cantaleta.
Yo era el orgullo de mis padres y el ejemplo a seguir; Miguel era el descarriado, el inútil, nunca había una palabra de elogio para él.
Cuando le llegó la hora de cumplir con el servicio militar obligatorio y
apareció en casa con el uniforme de soldado, me alegré, porque yo lo quería mucho y lo vi feliz. Mi hermano está en el Ejército, le contaba a todo el mundo. Pero mis padres mostraban desaprobación; hasta el día de hoy no he podido entender por qué.
Hay que tomar una decisión urgente: alejar a Miguel de mi padre. Llamo al servicio de urgencias del psiqiuiátrico. Al rato acuden dos paramédicos, fornidos, en una ambulancia. Lo enfundan en un chaleco de fuerza y se lo llevan. Mi corazón se rompe, pero el peligro ha desaparecido; esta noche mi padre descansará.
Mi hermano tendría unos veinte años cuando le salió un trabajo de sereno en una fábrica cerca de casa. Me alegré por él; ingenuamente creí que le daría la independencia. Pero mi madre no estuvo de acuerdo, decía que cómo iba a trabajar por las noches. Total, que fue dos o tres noches y lo dejó. Creo que fue ahí donde empezó a beber.
Luego vino el derrumbe: mi madre murió a los cuarenta y ocho años. Mi padre no lo pudo asimilar y se aferró a mi hermano como tabla de salvación. También comenzó a beber. Sus vidas se fueron barranca abajo. Eran una pareja de dementes que se alimentaban la locura el uno al otro.
Al día siguiente, llamo a mi padre:
—Hola Papá, cómo has dormido? Por qué no te vienes a casa, pedimos una pizza y pasamos la tarde?
—Dormí bien, pero estoy triste…
Suena el timbre, abro la puerta y entra mi padre. Y detrás de él… ¡entra MIguel! Me mira y se encoge de hombros, como diciendo «así es la vida».
—Me ducharon, me dieron de comer y unas cuantas pastillas, —cuenta exhibiendo un frasquito— y me dijeron: vete para tu casa, chaval, y pórtate bien.
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