Déjame salir

María Carmona

Despierta abruptamente con el amanecer cercano. Está rodeado de tierra, con sus manos manchadas de sangre, una pala sobre sus pies y tres botones blancos desperdigados por el suelo. Se incorpora con dificultad; siente mucho cansancio. De la tierra de su jardín trasero, sobresale un trozo de tela azul. Entonces, recuerda.

***

Ayer, sentado en su despacho del Ayuntamiento, absorto en la evidencia del posible desastre, era consciente de que sus sentimientos nunca han provenido del corazón, sino de la mente, y sabe lo que ello conlleva.

 

Al principio de su carrera política, experimentó la belleza e ilusión del ideal que lo había llevado a la Alcaldía. Más tarde, la avaricia en los distintos atajos que tomó. Primero fueron las dietas que no tributan, luego el blanqueo de capitales, más tarde los abusos y, por último, el inmenso arcoíris velado formado por sus adicciones. En este momento, su corrupción ha cubierto su ideario político.

 

Son las once de la noche, y es el único que permanece allí. La puerta de su despacho se abre, entra la limpiadora; ambos se sobresaltan: ninguno espera encontrarse a nadie a esas horas. 

─Perdone, ¿puedo pasar?

─Sí, claro. 

La joven es esbelta y bella, incluso ataviada con la espeluznante bata azul con tres botones blancos. Él se distrae imaginando ese cuerpo que se dibuja bajo su atuendo de trabajo, ese cuerpo que ha hecho suyo tantas veces, sin miramientos, tan solo por satisfacer su más reciente adicción. Ella se dirige al baño. El Alcalde recuerda demasiado tarde lo que ha olvidado allí encima de la cisterna.

Sabe que habrá visto el sobre. Ahora no puede recogerlo. Sería demasiado evidente.

Al rato ella sale, y continúa con su labor en la sala de reuniones. Vuelve al despacho.

Él está seguro de que lo ha visto, pero es discreta y lo obvia.

─¿Puedo limpiar el teléfono? ─Él no contesta.

La luz verde del altavoz del aparato parpadea. Se oye una voz estridente algo distorsionada por la lejanía del interlocutor. Una conversación comprometedora que mantuvo esa misma noche inunda el espacio. Ella se disculpa. Él se abalanza hacia la tecla verde para desactivarla. Pero el daño ya está hecho. «¿Cómo se ha podido grabar?”, se pregunta. La conversación continúa…

─Sí, ya está todo distribuido. He dividido la cantidad en varias cuentas. Esta vez ha sido más difícil no levantar sospechas ─dice un hombre al otro lado de la línea.

─¿Lo has colocado en las cuentas de siempre? ─oye su propia voz aterrorizado.

─Bueno, he tenido que abrir dos más, debido al volumen. Ya te daré los detalles cuando nos veamos mañana. Creo que deberíamos parar la actividad de momento. Veo cierto nerviosismo en el ambiente.

─Está bien. Mañana te llevo lo tuyo.

El Alcalde pensó rápidamente. Pasó por el baño para recoger el voluminoso sobre. La obligó a bajar al garaje colocándole una pistola pegada a las lumbares.

El siguiente recuerdo que tiene es el haber despertado en su jardín.