Decido vivir | Noelia Cuadrado
La segunda raya paró mi corazón al mismo tiempo que me decía que no era el único que latía en mí. Mis dedos, temblorosos, sujetaban la prueba. Me apoyé en la pared y me dejé resbalar por los fríos azulejos del baño hasta sentarme en el suelo. Llevé mis rodillas al pecho. Tomé el móvil y revisé el WhatsApp de nuevo: “Llámame. Es urgente”, rezaba en la pantalla al lado de un único check. Seguía sin ser entregado y, además, me percaté de que su foto de perfil había desaparecido: estaba sola. Sola en esta situación que me quedaba excesivamente holgada y que a la vez me apretaba hasta dejarme sin aire. “¿Cómo se lo digo a mis padres?”, pensé mientras golpeaba suavemente la pared con mi cabeza. Tenía tantos planes para este año… Sabía que era un curso de mucho sacrificio, mucha dedicación, pero, en cuanto superara la EvAU, tendría todo el verano por delante para disfrutar. Y, a partir de otoño, universidad, nuevos amigos, motivaciones enfocadas en lo que realmente quería hacer con mi futuro profesional… Había soñado con eso desde pequeña. Mis compañeros de clase se encontraban perdidos con la elección; sin embargo, yo la tuve clara desde muy niña. Miré de nuevo el test, con la esperanza de que hubiera sido una pesadilla, una mala visión. Pero no: imaginé mi vida como una hilera de piezas de dominó. Una a una, todas las metas que tenía previstas se desplomaban. Sentía impotencia por no saber cómo volver a levantarlas.
“¡Eugenia Medina Castro!”, grita una mujer con bata blanca desde la puerta abierta de una de las consultas, y la susodicha se levanta de su asiento para entrar juntas. El sobresalto me ha sacado del bucle de pensamientos en el que llevo anclada ya días.
Sin embargo, aquí estoy. ¿Decidida?, sí, creo. Es lo mejor, supongo. Es mi única opción. Quiero decir… la que me permite seguir adelante con todo según tenía planeado. Igual, no del mismo modo. Claro, nadie es el mismo después de pasar por experiencias significativas, ¿no? Pero, sí: estoy decidida. Suspiro, y el alivio acaricia mi piel por unos minutos.
El tacto del sobre con el dinero en el bolsillo central de mi sudadera me vuelve a empujar a la culpa. Espero que mis padres no se den cuenta antes de que lo pueda reponer. Hace poco, en clase de Lengua, comentamos un artículo que trataba la mala gestión en mi ciudad de la ley que permite llevar a cabo estas situaciones en la sanidad pública, y… nunca pensé que lo fuera a necesitar, que pasara por esto. Pero aquí estoy, siendo una ladrona. “Ladrona y cabeza loca”: esto me dirían mis padres. Ellos siempre han tratado estos temas con pudor; en mi casa es un tema tabú. Hubiera agradecido alguna conversación al respecto, por breve que fuera, que me hubiera dado pie a… preguntar, contar, pedir…
Observo repetidas veces al resto de mujeres sentadas frente a mí en esta sala de espera. Confirmo si su mirada está en otro lugar (quizás, atrapada en la pantalla del móvil o perdida, vagando en su interior). Prefiero que no me miren: cuando lo hacen, siento el peso de un juicio que nadie ha iniciado sobre mí y mis decisiones. ¿Les sucederá lo mismo a ellas?
“¡Silvia Rodríguez Vega!”, grita esta vez la mujer de la puerta y me levanto como un resorte. Me quedo inmóvil. De repente, el corto pasillo que me separa de ella se alarga como una serpentina. Avanzo; me tiemblan las piernas. Me detengo frente a ella. Me mira, me sonríe dulcemente, posa su mano en mi hombro y lo acaricia, deslizándola por mi brazo un par de veces, muy suavemente. Con su simple gesto consigue que acceda al interior de la consulta mucho más firme, y que se reduzca la llama de la culpa en mi interior. Tengo miedo; puede ser que me equivoque, pero es mi vida, mi cuerpo y mi decisión.
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