De Vivaldi

Tamara Acosta

Primavera

 

Hoy tiene lugar el primer equinoccio del año, lo cual marca el inicio de la primavera. El amanecer colorea de naranja y púrpura el cielo de la ciudad que nunca duerme. Sarah sale a correr con la única compañía de un sol que asoma tímido en el horizonte. Nota cómo sus pulmones se ensanchan, aspirando un aire que la renueva mientras cruza por el New York Botanical Garden. A cada paso que da, puede apreciar el estallido de sus flores y sentir cómo el olor se cuela en su nariz. La fuente del agua que corre en forma de cascada le produce paz a pesar del esfuerzo físico. El clima sobre su piel es una perfecta sintonía de calor menguado por una corriente leve de aire que la alienta. Los meses de primavera, Sarah afronta la vida desde otra perspectiva, con la esperanza de un nuevo comienzo, más cálido después del frío invierno. Con ganas de explotar la existencia, con ganas de amar. Es la estación que hace palpitar la sangre en su pecho, que despierta aún más esas mariposas.

A las nueve en punto, abre la floristería. Hoy, por fin, es día veinte y siente cómo la emoción la embarga. Lo ama tanto que no le importa que las flores vayan destinadas a otra mujer. Se siente nerviosa e intenta disimular, mostrándose ocupada cuando escucha sonar la campanilla de la puerta y sabe que es Tom quien la empuja.

—Buenos días Sarah —saluda él, mientras sus labios dibujan una media sonrisa y sus ojos grises la observan.

Ella le contesta de manera torpe. Sus piernas tiemblan; su corazón late sin dueño. El diálogo que lleva un mes planeando se reduce a preguntarle si le prepara lo mismo de siempre. Él asiente y, en sus ojos, como siempre, se intuye tristeza; pero hoy siente que a él también le queda algo pendiente por decir. Entonces vuelve a escucharlo hablar.

—Por favor, ¿puedes prepararme otro ramo que tenga doce rosas rojas? 

Esta vez, cuando Sarah lo mira de nuevo, encuentra determinación en su voz y una chispa renovada en sus ojos. Confundida, hace lo que le pide mientras él coge una tarjeta en blanco y comienza a escribir. Sarah le entrega el ramo y observa cómo Tom mete la nota dentro. Acto seguido, extiende el ramo de vuelta hacia ella con una sonrisa que inunda su rostro. 

—Este es para ti. 

Emocionada, ella lee:

“Sarah, hace un año perdí a la persona más importante de mi mundo; pero eso hizo que te encontrara a ti. Las cincuenta rosas de siempre son para mi madre, por los cincuenta años que vivió. Y estas doce que te entrego a ti son para decirte que quiero compartir contigo mucho más que el día veinte de cada mes”.

 

Verano

 

En el solsticio de verano, cuando las clases de la universidad ya han acabado, Melanie tiene la pequeña tradición de pasar el día en la playa de Coney Island, el destino de relajación y ocio de los neoyorquinos. El lugar hoy está repleto de familias; pueden escucharse las voces de los niños que disfrutan en las atracciones del Luna Park. La playa es un hervidero de gente joven, con las hormonas revolucionadas y con el sentimiento de libertad que solo las vacaciones estivales otorgan. Melanie se sienta en la orilla del mar con un libro en la mano e inclina la cabeza dirección al cielo, de un azul tan luminoso que daña la vista. Ninguna nube estropea el momento. Siente cómo las olas se deslizan bajo sus piernas mientras la dulce brisa acaricia sus pestañas. El sol le golpea fuertemente en la espalda y nota cómo arde su piel. Cierra los ojos y aspira hondo para llenarse los pulmones de ese momento. Escucha el murmullo de las olas, que se mezcla con el canto de las gaviotas. Cuando está alcanzando el momento cumbre, un toque suave en la espalda la saca de su ensoñación. Antes de darse cuenta, un acompañante desconocido se sienta a su lado. 

—Me llamo Colin, te he visto aquí, tan bonita y solitaria que no he podido evitar acercarme. 

El color de pelo de Colin recuerda a ese anaranjado suave que nace de una puesta de sol, y las pequeñas pecas que adornan su cara le dan ese aspecto tierno que atrapa a Melanie desde el primer instante. Comienzan una agradable charla, que se extiende hasta la puesta de sol. Tienen ese sentimiento tan único de parecer conocer a la persona de otra vida. Una atracción que se hace latente en cada respiración. Una conexión que se eleva al infinito. Durante horas se cuentan cosas triviales y también cosas profundas; se olvidan de dónde están y no se dan cuenta de que anochece y la playa se vacía. La oscuridad hace valiente a Colin y se decide a regalar un beso suave y eterno a Melanie. Melanie se siente totalmente enamorada de ese desconocido que ha llegado hace pocas horas a su vida, pero que parece haberla cambiado para siempre. Así de relativo puede ser el tiempo. Se meten en el mar donde sellan su amor con un acto que los lleva a las estrellas, y que convierte esa noche de verano en un sueño imposible de borrar. 

 

Otoño

 

El otoño siempre ha sido la estación favorita de Luna. De la mano de Max, pasea esta tarde por Central Park. El color rojizo de las hojas caídas adorna el paisaje. Siempre le ha fascinado cómo los árboles se parecen en ese aspecto a las personas. Mudan de piel en esa época de transición en la que sientes que debes desprenderte de lo vivido durante el verano febril y aventurero y prepararte para el frío invierno. Es un tiempo de reflexión, una estación evocadora. Se respira melancolía en cada rincón, pero es una melancolía bella, de esas con banda sonora en las que recuerdas todos los momentos vividos. Caminan despacio mientras Luna va pensando en la boda que han celebrado hace unos meses y en el romántico viaje de novios a Maldivas, mientras mira de reojo a Max y se toca el vientre imaginando cómo será la pequeña, ¿se parecerá a su padre? Es tan feliz que piensa que su corazón no podrá soportarlo. Se siente en deuda con el destino por haber puesto en su camino a la persona más maravillosa de la Tierra. Después de diez años juntos, aún siente el mismo amor que los unió; aún siente ese hormigueo en el estómago cuando escucha sus llaves al llegar a casa; aún desea que acabe la mañana pronto para reencontrase con él. Max camina en silencio; no necesita pensar en nada, solo sentir la mano de ella en la suya. Sin decir nada, la dirige hacia su lugar favorito. Le encanta la sonrisa que pone cuando llegan hasta la estatua de Alicia en el País de las Maravillas; es una niña en un cuerpo precioso de mujer, y eso es lo que lo enamora cada día un poco más. Desde que se enteraron de la noticia, hay una nueva ilusión en él; cuando pensaba que no podía ser más feliz el universo, siguió conspirando a su favor y llevándolo al séptimo cielo. Ya se siente en Central Park el frío que te prepara para el invierno, ya se siente el viento que te azota sin compasión, pero Max solo percibe el calor de su alma llena de esperanza y certidumbre. 

 

Invierno 

 

La bola está a punto de bajar en Times Square. Quedan tan solo unos instantes para dejar atrás un año más, lleno de acontecimientos. El viento helado hace revolotear el pelo de las personas que esperan con ilusión a ser besadas cuando termine la cuenta atrás. Hace un frío tan intenso que les corta hasta la respiración. Les tiembla la mandíbula y, después de haber llevado horas de pie a la intemperie para obtener un buen sitio, no sienten las extremidades. A pesar de que el termómetro marca bajo cero, la magia de la gran manzana arropa todos los corazones. Los copos de nieve comienzan a aflorar, dotando al momento de una perfección extrema. En el edificio One Times Square, la bola espera impaciente hasta que comienza su descenso durante esos sesenta segundos, en que todas las personas aguantan la respiración con brillo en sus ojos. La bola acaba su recorrido, y la cuenta atrás llega a cero; justo en ese preciso instante, durante ese primer segundo del nuevo año y bajo la lluvia de confeti que cae sobre ellos, Luna, con su hija en brazos, cierra los ojos y lanza un beso al cielo, recordando a Max mientras no puede evitar culpar una vez más a ese conductor borracho que acabó con sus vidas; Melanie y Colin vuelven a repetir ese primer beso que se dieron en la playa una noche de verano, rezando para que ese amor sea igual de eterno; Tom se arrodilla con un anillo de brillantes en la mano, jurándole a Sarah que ese ramo de doce rosas rojas solo será el primero de cientos de ellos.