Cuevas de arena

Manuel Alonso

Las bicicletas. Las bicicletas lo eran todo. Eran un juego, eran ejercicio, eran diversión, eran un vehículo para explorar y explotar la imaginación. Para un niño en el umbral de la adolescencia, eran suficiente para dominar una calle o conquistar el universo. 

Para Esteban, Santiago, mi hermano Sergio y yo, eran los corceles que nos llevaban a competencias por desafiantes veredas, retadoras avenidas empinadas o a lugares inadvertidos que justificaban nuestro impetuoso rodar. 

Entre semana, nos ocupábamos de que las máquinas estuvieran a tono para resistir el embate de horas. Recibían su requerida atención:  presión del aire de las llantas, aceitado la cadena y ajuste de frenos. No nos perdonaríamos fallar por un desperfecto o por un descuido.

La cita era el sábado a las diez de la mañana. Ataviados con ropa cómoda (capaz de soportar el polvo y las caídas, y apropiada para evitar regaños), una gorra, una pequeña navaja suiza y un termo con agua fría. Normalmente, el recorrido terminaba hasta la hora de la comida.

En esta ocasión, el destino eran unas minas de arena que Santiago había ubicado cuando acompañó a su padre a conseguir material para una construcción. Todos de acuerdo, iniciamos nuestra caravana. Nos tomó cerca de media hora llegar al destino. Para alcanzar las cuevas, tuvimos que subir una escabrosa colina que nos obligó a bajar de las bicicletas y continuar a pie.

Llegamos agotados. Nos sentamos en una roca a refrescarnos. Veíamos con asombro las numerosas oquedades que se habían formado tanto por la naturaleza como por los trabajos de excavación. 

Esteban tomaba el papel de líder: había sido boy scout. Traía siempre con él una brújula, una lámpara y cerillos. Era por naturaleza curioso y fantasioso. Había estado leyendo la saga de Narnia y, según él, en lugares como estos podrían aparecer portales que te llevaban a mundos fantásticos donde habitaban criaturas mitológicas y animales parlantes, o incluso podrías ser hechizado por una hermosa bruja.

Era muy vehemente al narrar sus historias, así que, si bien no le creíamos del todo, por lo menos nos inquietaba. Nos adentrábamos en la mina detrás de nuestro guía; habíamos pasado ya varios túneles con portales que se iban haciendo cada vez más pequeños y la luz empezaba a escasear.

El transitar era cada vez más escabroso. Prácticamente, no podíamos ver, así que Esteban encendió su lamparita. Lo primero que se iluminó fue un diminuto orifico. “El Portal”, dijo.

Nos acercamos con sigilo, invadidos por ese tipo de sentimiento que se debate entre la emoción y el temor. Ya a unos pasos del hueco, percibimos un rayo de luz que se movía sin sentido, acompañado de ruidos semejantes a un ratón o murciélago. A Sergio le dieron ganas de regresar. Esteban pidió calma y dijo: “Es el Portal; nada nos puede pasar. Tranquilos, yo me asomo”.

Esteban, valiente o imprudente, se asomó por el boquete. Casi al unísono se escuchó un pavoroso grito. Salimos todos despavoridos hasta alcanzar la salida. Estábamos pasmados. Hasta que recuperé la respiración, le pregunté a Esteban qué había visto.

—Vi un ser albino, con unos enormes ojos azules, muy brillantes. Tenía unos dientes enormes. Estaba histérico.

Dudábamos si volver a la caverna, o de plano regresar a casa. Apenas decidíamos, cuando interrumpió una niña gritando: 

 —¿Eran ustedes? Nos han metido un gran susto. Es nuestro lugar secreto. ¿Cómo lo     supieron?, ¿acaso nos estaban siguiendo?

—¿Lucy? Tú eres Lucy, ¿verdad? —preguntó Esteban—. Tu mamá y la mía son amigas. Fui a tu casa hace un par de semanas. Me acompañó Luis (yo). Llevamos un encargo para tu mami.

—De él (yo) sí me acuerdo, de ti no. Pero contéstame, ¿qué hacen aquí?

—Venimos a buscar el portal fantástico y creímos que era esa gruta donde estaban ustedes.

—Qué casualidad. ¿Y qué pensaban encontrar ahí?

—Animales fantásticos, seres extraños, y hasta el amor —respondió Esteban con picardía.

—Oye, tú (yo), ven acá —me dijo Lucy, una preciosa rubia norteamericana, quizá un año mayor. Me abrazó y me acomodó el primer beso de mi vida.

–El sí encontró el amor; ustedes váyanse a buscar fantasías a otro lado. 

Se dio la media vuelta agitando su larga y dorada cabellera, y se esfumó con sus amigas, sin más.