Casa de adultos mayores Raíz de Esperanza | Lil Fernández
Sandra Rivera tenía la mirada fija en la buganvilia que adornaba uno de los balcones del edificio principal, el suyo. La sombra bajo la ceiba y el viento que corría por la tarde la hacían sentir tranquila. Bajó la vista. Le habían amputado una pierna, y la otra, casi no la movía. Estoy destinada a pasar el resto de mis días en esta silla de ruedas. Esta ceiba vivirá cien o doscientos años más después de mi muerte. Ayudándose de sus manos, puso el pie sobre el pasto. Quiero florecer de nuevo, ¡vamos! Transfórmate en raíz.
La enfermera la llevó al comedor, pero Sandra apenas probó la sopa de lentejas y ni siquiera tocó el guisado. Tengo hambre, pero todo lo que cocinan aquí me da asco. Había bajado seis kilos durante los pasados dos meses y ya se le marcaban las costillas a la altura del pecho. Ella lo notaba en su ropa y lo veía en el espejo. Me iré consumiendo, soy mi alimento. El que coma de mi carne y beba de mi sangre tendrá vida eterna. El médico le diagnosticó anemia, así que le mandó suplementar el hierro por vía intravenosa. Lo único que sí comía era el betabel. Porque el betabel es de mi tipo de sangre y viene del lugar al que iré: bajo la tierra, es una raíz.
Sandra tenía esa tarde cita con el dentista. Dijo que le estaba doliendo el corazón, que sentía que le daría un ataque. La enfermera sabía que todo era una actuación. La última vez tuvieron que anestesiarla por completo. Aunque se veía menuda y frágil, cuando se trataba de las limpiezas dentales, se negaba a ir y se resistía con fuerza. Ya sé lo que quiere ese dentista: sabe que tengo varias incrustaciones de oro. Quiere robarme mis muelas más valiosas, arrancarlas de raíz.
Por la noche llegó a visitarla su hijo, Fabián. Tenía también una hija que vivía en el extranjero. A Sandra, a diferencia de la mayor parte de los ancianos de la residencia, no le gustaba que la visitaran sus hijos. Solo quieren mi dinero. Fabián llegó con una carpeta llena de documentos y acompañado de un notario y un abogado. Le explicaron que su casa perdía valor con los años que, al estar abandonada, se deterioraba cada vez más y que debía venderla y que era mejor hacerlo ahora, porque al fallecer, sería más problemático para sus hijos. Ella los escuchó, pero se negó a firmar. Ya les dije que no quiero venderla. Ahí quiero que me entierren, es mi bien raíz.
Era la una de la madrugada y Sandra no podía dormir. Logró bajarse de la cama y se arrastró hasta el ventanal. Como pudo, salió al balcón y se recostó en el suelo. Las baldosas estaban frías. El viento fresco despeinó sus canas azuladas. Era una noche sin luna. Se sentía como una muñeca rota. Recordó que en su infancia su madre le contaba la historia de una niña llamada Pilar que se negaba a comer, y que un día el viento la levantó y nunca más pudo regresar a su casa. Algunas flores de la buganvilia se desprendieron y cayeron al piso. Ella recogió los pétalos y los guardó dentro del camisón, cerca del pecho. Ojalá venga un vendaval, que me lleve al cielo y que pueda acabar de una vez con este teatro absurdo, cortarlo de raíz.
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