Café con sabor a refrán

Gonzalo Tessainer

En una carretera comarcal, un coche de dos plazas avanza sobre el asfalto deteriorado. Carlos, el conductor, va en dirección a un balneario para así poder escapar de su ajetreo diario durante un fin de semana. Antes de llegar a su destino, para su vehículo en la entrada de un pequeño pueblo de montaña y observa el espectáculo que la naturaleza ofrece. Un pinar cuyos árboles se alzan como columnas de cristal sobre un suelo escarchado, en donde el color verde de la hierba ha palidecido. Carlos se deja invadir por la quietud del paisaje y pierde su mirada y pensamientos en un cielo cada vez más oscuro. 

    Un escalofrío hace que su mente vuelva a la realidad pero, antes de regresar al coche, decide dar un paseo por el pueblo. Busca un bar en el que pueda tomar un café mientras algún desconocido le da conversación. Sus calles están desiertas, y solo se escuchan los maullidos de unos gatos que se resguardan del frío bajo el amparo de unos contenedores. 

 

     Tras haber callejeado durante más de diez minutos, ve una pequeña luz en una fachada que ilumina un cartel de madera que dice: “La Taberna de Berna”. Cuando Carlos entra por la puerta que está al lado, se encuentra con un lugar en el que el tiempo se ha detenido. Barriles de cerveza se amontonan en uno de los rincones, las paredes están decoradas con antiguos carteles publicitarios de refrescos y la tapicería de los taburetes está descolorida. Tras la barra, hay un hombre orondo acompañado de una adolescente que está leyendo una revista. 

    —¡Buenas! ¡Menudo frío hace fuera! —saluda Carlos.

    —Ya sabe que noviembre acabado, invierno empezado. ¿Qué desea? —pregunta el tabernero.

    —Un café con leche muy caliente, por favor.

    El tabernero se da la vuelta y hace funcionar la cafetera.

    —¡A ver si no nieva! Voy de camino al balneario y espero poder llegar sin problemas.  

   —Con este frío no creo que caiga ningún copo. Es una pena, ya que año de nieves significa año de bienes. —Pone una humeante taza de café sobre la barra—. ¿Ha visto a algún grajo mientras venía? Mi madre siempre decía que, cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo. 

    —La verdad es que no me he fijado —responde Carlos tras haber dado un primer trago—.  Perdone, ¿siempre son tan fríos los inviernos aquí?

    —La peor época es de octubre a enero. A partir de entonces las temperaturas suben, y hay quién afirma que en febrero busca la sombra el perro. 

    —Por cierto, es impresionante el pinar que rodea el pueblo. Tiene unas vistas espectaculares desde aquí.

    —Pues debería venir en primavera, que es cuando más bonito está y sobre todo este año, en que se prevé un marzo ventoso y un abril lluvioso, haciendo que mayo sea florido y hermoso.

    Sorprendido por las intervenciones del tabernero, Carlos da otro sorbo al café. 

    —Supongo que, como en todo pueblo de Castilla, en verano hará mucho calor.

    —Bueno, aquí todos tenemos asumido que son nueve meses de invierno y tres de infierno, pero sabemos que hasta el cuarenta de mayo no podemos quitarnos el sayo. Aunque, si le soy sincero, para mí, de todos los meses, el peor es el de septiembre, ya que, o seca las fuentes, o llena los puentes.  

    Saturado de tanto refrán, Carlos deja una moneda sobre la barra y vacía la taza de un trago.

    —Muchas gracias por el café y la conversación, pero debo volver a la carretera.

    —¡De nada! ¡Paula, vete a casa a hacerle compañía a tu madre! —ordena el tabernero a la adolescente—. Y no te vayas tarde a la cama, que mañana tienes que levantarte pronto. Ya sabes que a quién madruga Dios le ayuda.

    Carlos abandona el establecimiento acompañado por la joven. La niebla ha cubierto todo el paisaje, y el frío es más intenso. El hombre se sube el cuello de su abrigo y se dirige al coche. 

    —¡Espere un momento! —dice la adolescente—. Disculpe a mi padre, siempre habla usando refranes. ¡Es tan pesado! Quiero que sepa que estoy de acuerdo con usted. ¡Simplemente, hoy hace un frío de cojones! ¡Hasta otra!