Buscando la inspiración

Leire Mogrobejo

 

Llevo escritas doscientas páginas de mi segundo libro y no acabo de encontrar cómo desarrollar el final. Mi inspiración está en huelga, y me siento como un empresario en quiebra.

He leído a una autora de chascarrillos, del periódico satírico La Gallina Ilustrada, que cuenta que el peor enemigo de un escritor con el síndrome de la página blanca es la insatisfacción sexual, y que el mejor remedio, si uno no tiene con quién complacerse, es ponerse a hacer trabajos manuales en la intimidad. “Pero no sé… si mi compañera de piso llega de sorpresa y me pilla…”, pienso.

Me levanto y me dirijo hacia la cocina para prepararme un café; vuelvo paseando con mi bebida favorita en mis entrelazadas manos (aunque la calefacción está puesta y, al llevar tanto tiempo estático, me he enfriado). Me acerco a la ventana del salón, y me instalo en el cómodo asiento (que he fabricado y decorado con cojines multicolores). Me descalzo, me siento, y coloco los pies encima del banco apoyando mi espalda en el cálido muro. El sol ha llegado para quedarse durante horas.

La nieve ha cubierto las calles y los árboles; también ha dejado los automóviles parcialmente enterrados. “¡Qué suerte tengo de trabajar desde casa!”, pienso. 

Los transeúntes andan con dificultad. Una mujer, que parece llevar patines en vez de zapatos, está paseando a su perro. Me pregunto si es ella la que lo pasea, o al revés. En la esquina hay unos críos haciendo un muñeco de nieve con su madre. 

Se ha parado un taxi; el cliente tarda en salir: es un hombre muy apuesto. “¿A dónde irá así de elegante?”, me pregunto. Lo sigo con la mirada; en una mano lleva una rosa y, en la otra, el teléfono móvil: está llamando mientras mira hacia el alto del edificio de enfrente. Recorro con la mirada los ventanales; en uno de estos, veo una sombra detrás de una cortina. El apuesto caballero de la rosa hace un gesto de la mano; miro de nuevo hacia la ventana, pero ahora no hay nadie. 

Es el piso de los nuevos; llegaron a la residencia hace seis meses; hemos intercambiado algún que otro “¡Buenos días!”, y sé que se llaman Lara y Marcos; también sé que la mujer debe de trabajar en una compañía aérea, puesto que, el otro día, me crucé con ella y estaba vestida elegante, como una azafata. 

 Pierdo de vista al refinado hombre cuando entra en el portal. Miro de nuevo hacia el piso; veo que Marcos la está esperando sobre el quicio de la puerta, vestido con una camisa abierta y con unos pantalones ceñidos. 

Cuando su amigo entra, para mi gran sorpresa, le ofrece la rosa y comienzan a besarse

apasionadamente. “¡Ostias!”, exclamo. Marcos despoja a su amante de su americana, dejándola caer al suelo; el hombre le corresponde quitándole su camisa. Se paran, se cogen de las manos y los pierdo de vista… aparecen de nuevo en el cuarto. Sé que no debería quedarme absorto pero, entre el morbo y la necesidad de inspiración, no puedo dejar de mirar.  La cosa se pone muy caliente; están completamente desnudos… “¡Vaya cuerpos! No me extraña que Miguel Ángel se extasiara ante su obra de David”, pienso. 

Comienzo a sentir una profunda excitación… Me levanto bruscamente, y en ese instante veo que Lara está aparcando su coche. “¡Marcos!”, grito agitando mis brazos con la ventana cerrada. “¡Le tengo que avisar!”, pienso. 

Voy al cuarto de baño y cojo un espejo; intento llamar su atención deslumbrando sus caras. El amante se ha dado cuenta: miran hacia mi ventana y, con un gesto, les indico la presencia de Lara; al verla, se apresuran a vestirse. 

Lara saca la maleta del capó; es evidente que, a causa de la nieve, han cancelado los vuelos. Se dirige hacia el portal. 

El amante sale disparado del piso mientras Marcos hace la cama, coge una toalla y desaparece del cuarto. El hombre sale a la calle, me mira y me hace un gesto de ok con los dedos. Me acabo de proclamar cómplice número uno, y lo más importante: ya sé cómo acabar mi libro. Ese chascarrillo tiene razón.