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Brújula del alma | Graciela Figueroa

Brújula del alma | Graciela Figueroa

En los fríos corredores del orfanatorio, donde el eco de risas ajenas rebotaba en las paredes, Clarisa crecía como una flor silvestre entre adoquines.

Abandonada por sus padres que la vida habría arrastrado al abismo del crack, su destino parecía escrito en sombras, pero ella era dulce como la miel, con un corazón que rebosaba ternura para cada ser viviente que se cruzaba en su camino.

Cantaba con la ligereza de los gorriones al amanecer, y su voz, aunque frágil, llenaba el aire de notas que hacían sonreír a quienes la escuchaban. Obedecía todas las reglas del lugar, como si en cada norma encontrara un refugio, un orden que la vida le había negado.

Cada noche, su compañero inseparable era Puki, un osito de peluche que le había regalado en una Navidad. Con él hablaba, le confiaba secretos y sueños.

“Puki, te quiero mucho y me hace muy feliz tenerte a mi lado. Cuando estoy triste siento que me escuchas y comprendes” -murmuraba, apretando el suave peluche contra su pecho.

“¿Sabes lo que voy a pedir esta Navidad? Ya no quiero juguetes, contigo me basta. Lo que más deseo es tener una mamá y un papá. Ya tengo casi siete años de vivir aquí y nadie me ha adoptado. A varias de mis amigas ya se las llevaron sus nuevos papás. ¿Por qué yo no puedo tener unos? ¿Será porque soy pelirroja y pecosa?”

Las palabras de Clarissa resonaban en el silencio del orfanatorio, un eco que no encontraba respuesta; sin embargo, hablaba del anhelo universal de todo niño huérfano: ser amado, ser elegido, ser parte de una familia.

 

 

Querido niño Jesús: Esta Navidad no quiero que me regalen ni dulces ni juguetes. Quiero tener unos papás, como tú tuviste unos. Que me quieran, que me lleven al parque y a la escuela, que comamos juntos, que me lean un cuento antes de dormir.

Te prometo que, si me los regalas, voy a rezar más, los obedeceré en todo y los querré mucho, mucho, como yo te quiero a ti.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

La noche del 24 de diciembre el orfanatorio se convirtió en un remolino de risas y luces. Las monjas habían decorado el salón con guirnaldas de papel y estrellas de colores, y el aroma a ponche caliente llenaba el aire. Los niños con ojos brillantes, cantaban la posada, sus voces infantiles elevándose hacia el techo.

Después de acostar al Niño Dios en su pesebre, llegó el momento de romper la piñata. Los pequeños se turnaron para intentar reventar la estrella de cartón. La piñata finalmente cedió, y un torrente de golosinas cayó como lluvia, desparramándose por el suelo.

Clarissa, con sus coletas pelirrojas y sus pecas sonrientes, se unió a las otras niñas, riendo mientras recogían los dulces. Fue entonces cuando escuchó la conversación de una pareja joven, que la miraban con insistencia.

“Mira esa niña pelirroja, me encanta. Adoptémosla, mi amor. Se ve tan tierna con sus pecas y sus coletillas” – dijo la mujer, con una gran sonrisa.

“Sí, cariño. Después del veinticinco vendremos para tratar de adoptarla. ¿Te parece?, inquirió el hombre, rodeando a su esposa con el brazo.

“Si mi amor. Me encanta la idea de tener a una niña de esa edad y con ese color de cabello en nuestras vidas. Sería mi sueño hecho realidad” – susurró la mujer, sin dejar de mirar a Clarissa.

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