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Aromas | Cristuba Solanas

Aromas | Cristuba Solanas

Desde la caída, todo olía distinto. Fue un accidente absurdo: un tropezón en la escalera  del metro, un golpe seco en la nuca y, luego, al hospital. Al despertar, Eric notó que el  mundo tenía nuevos aromas. No perfumes ni fragancias normales, sino emociones.  Sentimientos crudos, traducidos a olores. 

La primera vez lo entendió con Clara, su hermana. Mientras la abrazaba, él aspiró un  aroma cálido y envolvente, como pan recién horneado. Ella sonreía con lágrimas en los  ojos. Alegría, comprendió. 

Días después, en una reunión de trabajo, su jefe anunció que el proyecto en el que  estaban trabajando, y que tantos beneficios podría reportarles, había fracasado por  “circunstancias externas”. Eric aspiró profundamente: metal quemado, como si alguien  hubiese lanzado una tostadora al fuego. Mentira. 

Con el tiempo comprendió más olores. La tristeza olía a tierra mojada. El deseo, a  cerezas maceradas. Los secretos, a hojas crujientes. Vivía rodeado de perfumes  invisibles; cada conversación era un vendaval sensorial. 

Hasta que llegó la peste. Fue durante una cena con su antiguo amigo, Iván, a quien no  veía desde hacía bastante tiempo. Lo invitó a su apartamento nuevo, una torre vidriada  en un barrio de ricos. Entró, y de inmediato lo notó: un olor desconocido, fétido y  denso. Algo turbio, como cloaca hervida con óxido. Un aroma que no reconocía en su  “catálogo emocional”. 

Iván hablaba animado, pero la peste no se iba. 

―¿Te pasa algo? ―preguntó Eric, incómodo, disimulando un pañuelo bajo la nariz. 

―¿A mí? No, estoy en el mejor momento de mi vida. Ascenso, coche nuevo… y conocí  a alguien. 

Y sonrió. Pero no olía a pan. No olía a alegría: solo a muerte.

Esa noche no durmió. Ese olor se le había pegado al cuerpo, como si lo llevara puesto.  Al día siguiente, lo vio en las noticias: una joven había sido hallada muerta en un  terreno baldío, a pocas manzanas del apartamento de Iván. No había sospechosos. Lo  llamaron “crimen pasional”. 

Eric sintió el estómago retorcerse. Buscó más detalles. La víctima: Sofía F., veintiocho  años, había sido vista por última vez entrando al mismo edificio donde vivía Iván. 

Volvió a llamarlo. Lo invitó a tomar café. 

―¿La conocías? ―le preguntó directamente. 

Su amigo vaciló un segundo y, entonces, el aroma a metal quemado llegó a su nariz.  Una mentira, tibia y cortante. 

―No, solo vi la noticia. 

Pero, debajo del metal, el otro olor. Espeso. Una mezcla de sangre seca y plástico  fundido. Era culpa. También algo más. Algo para lo que Eric no tenía nombre. Un hedor  nuevo. Inhumano. 

 En casa, Eric lloró. Seguía notando el olor a tierra mojada. Durante semanas evitó  pensar en ello, pero el olor no se iba. Lo perseguía. Lo olía en su ropa, en las calles, en  las paredes. Hasta que decidió hacer lo impensable: fue a la policía. 

―¿Tienes pruebas? 

―No ―respondió― solo… lo siento. Sé que fue él. 

El policía lo miró como si estuviera loco. Él no podía explicarlo. ¿Cómo podía explicar  que el aire mismo le contaba la verdad? 

La investigación no avanzó. Sin pruebas, Iván siguió libre. Pero Eric no. El quedó  atrapado en el hedor de un crimen sin castigo. 

Una noche, al llegar a casa, encontró una nota bajo su puerta: “Sé lo que estás haciendo.  Deja de husmear. I.”.

El papel olía a hojas secas, un secreto confesado sin querer. Pero también, debajo, ese  olor inmundo, que ahora Eric sabía identificar: asesinato. Porque esa era la esencia de  Iván. Y él la conocía. 

Esa noche no encendió las luces. Solo se sentó en la oscuridad. Cerró los ojos… y  esperó. 

Iván llego a las tres de la mañana. Lo oyó forzar la puerta. Lo sintió entrar, arrastrando  el hedor de su alma. Pero Eric ya no tenía miedo. Tenía algo mejor: la certeza. 

Cuando la policía encontró el cuerpo de Iván, Eric estaba sentado en el suelo, en  silencio. A su lado, una vela encendida. El aire, por primera vez en semanas, olía a  madera seca y calma. 

Y a pan recién hecho.

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