Cuando compré el hacha no sabía lo que iba a pasar después, ni tan siquiera lo imaginé ni se me pasó por la mente… lo juro.
La cogí de la estantería, la sopesé, la elevé por encima de mi cabeza e hice el gesto típico de leñador, que da un golpe seco de arriba abajo para partir en dos el tronco que descansa en otro tronco aún mayor. Pero claro, era todo imaginario porque yo estaba en la tienda, probando el hacha, mirando si me convencía, sobre todo su manejabilidad y su peso y su resistencia al aire, supongo.
Y fue entonces, en ese justo instante, cuando aquella mujer apareció de la nada, corriendo hacia el final del pasillo donde estaban las bolsas de agua caliente, y pasó por delante de mí justo en el momento en que yo bajaba el hacha con todas mis fuerzas, y la hoja se clavó en su cabeza con una facilidad increíble, como si su cráneo fuese un queso de bola blandito.
Y ella, que supongo que no se esperaba para nada el impacto, se giró hacia mí y me miró como pidiendo una explicación, una explicación que por supuesto yo no tenía. Su mirada perdió el brillo rápidamente, la sangre empezó a chorrear del enorme corte y ella se desplomó, seguramente ya sin vida.
Fue así, no tienen más que comprobar las cámaras de seguridad de ese pasillo. Verán cómo no hubo intencionalidad alguna.
Bueno, conocer, conocer, me parece mucho decir; yo había visto a aquella mujer un par de veces por aquí y por allí en el barrio, quizás habíamos hablado en algún momento, pero si está usted insinuando que yo la conocía lo suficiente como para querer matarla, anda muy desencaminado. Yo le pedí una vez que cenara conmigo, y ella se negó, pero eso no significa nada, ¿o cree que yo voy asestando hachazos en la cabeza a todas las mujeres que no quieren tener una cita conmigo?
Julia, ¿dice usted que se llamaba la víctima? Pues miré, ni sabía su nombre, la verdad, la primera vez que lo oigo, y no le pegaba mucho Julia, ¿no? Creo que Raquel, o Berta, sí podían ser nombres para ella, aunque ahora eso da igual.
¿Dice usted que Julia llegó a poner una denuncia contra mí por acoso? Eso sí que no me cuadra, usted perdone. Yo no he acosado nunca a nadie, quizás seguido a alguien durante un rato, hasta ver dónde estaba su casa, y puede que mirado por la ventana, solo para asegurarme de que había llegado bien, pero si ahora a cuidar un poco al prójimo se llama acosar, pues estamos listos.
Vamos, que según su manera de verlo, yo maté a Julia con un hacha en un pasillo de herramientas y artículos de ferretería de una gran superficie después de acosarla durante días y de que ella me amenazase con denunciarme. Pues nada, si usted se queda más tranquilo pensando eso, pues me parece perfecto. Pero a mí no me meta en sus pajas mentales.
Si me disculpa, voy a levantarme y me voy a ir; este interrogatorio por mi parte ha terminado. Con acusaciones infundadas no llegará usted a ninguna parte.
Creo que debería usted bajar el arma, agente; yo me voy a ir despacio por la puerta y tan amigos, no me obligue usted a hacer otra tontería. Que mire cómo ha terminado lo de Julia, cómo ha pasado de necesitar una bolsa de agua caliente por tener los pies fríos a tener frío todo el cuerpo y no necesitar nada.
Lo de los pies fríos, pues, ha sido una suposición, que digo yo que no es tan difícil atar cabos; si corría hacia las bolsas térmicas, no hay que ser muy listo para saber por qué.
He dicho los pies como quien dice cualquier otra parte del cuerpo; agente, ¿tiene usted una fijación conmigo? Se lo digo en serio. A ver si voy a tener que enfadarme y seguirle hasta su casa, ver por la ventana donde duerme, darme cuenta de que siente frío, yo qué sé, en los pies, por ejemplo, y esperarle en el pasillo correspondiente con un hacha en la mano… vamos, hasta usted puede darse cuenta de que no tiene ningún sentido…







