Amigo | Fátima León
Lo encontré una tarde de julio. El sol caía con tanta fuerza sobre el pueblo que hasta las lagartijas parecían derretirse en las piedras. Yo volvía del estanque del abuelo, con los pies llenos de tierra y el bañador pegado al cuerpo. El cielo estaba tan azul como el que salía en los cuentos que leíamos en la escuela los viernes antes del recreo.
Caminaba despacio, arrastrando una ramita por el suelo como si estuviera dibujando caminos invisibles, cuando lo escuché: un suave ladrido, más parecido a un suspiro. Me detuve de inmediato, con la ramita en alto como una varita mágica, y miré a mi alrededor.
El sonido venía de la parra del patio de los abuelos. Las hojas eran tan grandes que parecía que escondían el mundo entero. Me acerqué de puntillas, sintiendo que aquello era una misión importante. Aparté con cuidado una hoja enorme y… ¡Ahí estaba!
Un perrito marrón, más sucio que la tierra y con la mirada tan triste que se me partió el corazón. Tenía una pata herida, como si se hubiera peleado con un arbusto o se hubiese enredado en un trozo de alambre. Ladró otra vez, bajito, y me agaché sin pensar.
—Tranquilo, amigo, no te haré daño —le dije, aunque por dentro yo también estaba temblando.
Me quité la camiseta y lo envolví con cuidado. Él no se quejó. Sólo suspiró, como si supiera que al fin estaba a salvo. Eché a correr hacia la casa con el corazón retumbando tan fuerte que pensé que lo oiría todo el pueblo.
La abuela estaba en la cocina, amasando pan en la mesa. Cuando me vio aparecer con aquel bultito entre los brazos, ni se sorprendió.
—¿Qué traes ahí, mi niña? —preguntó sonriendo, con esa mirada suya que parecía conocer todos mis secretos.
—¡Un perrito herido! Estaba bajo la parra. ¿Qué crees que le pasó, abuela?
—Pues… que le ha pasado la vida, mi niña —respondió mientras se limpiaba las manos en el delantal.
Se acercó, lo destapó con delicadeza y lo examinó sin decir ni una sola palabra más. Luego fue a su aparador, sacó una cajita de latón con gasas, tijeras pequeñas y un frasco de alcohol. El perrito ladró bajito, pero se quedó quieto: no intentó escapar.
—¿Se va a morir, abuela? —pregunté con ansiedad.
—No si tú le hablas mientras lo curo —dijo ella, con su voz serena como siempre.
Me senté en el suelo, con el perrito sobre mis piernas, y le hablé sin parar de los renacuajos que había en el estanque, del árbol que tenía un columpio, del pan dulce que hacía la abuela con matalahúva… hasta le conté cosas que nunca le había contado a nadie, como que echaba de menos a mamá y papá cuando estaban en la ciudad.
Mientras hablaba, la abuela trabajaba en silencio. Sus manos se movían como si fuera una enfermera mágica. El perrito ni se quejó. Parecía estar escuchando cada palabra.
—¿Y cómo se llama? —me preguntó ella al terminar.
—Se llama Amigo —dije sin pensar. Era eso. Era él.
Desde aquel día, Amigo fue mi sombra: dormía junto a mi cama; me seguía al limoneroy se sentaba junto a la abuela mientras cocinaba, como si quisiera aprender a hacer croquetas. El abuelo decía que ese perro era más listo que muchos humanos y yo asentía orgullosa como si lo hubiera enseñado yo misma.
Pero el verano terminó, tuve que volver a la ciudad y dejar a Amigo con los abuelos. Lloré mucho y sentí que se me rompía el corazón. La abuela me abrazó fuerte y susurró:
—Aquí estará feliz, mi niña. Los perros necesitan tierra bajo las patas, no asfalto gris.
Han pasado muchos años, y siempre que regreso al pueblo espero verlo. Sé que ya no vendrá corriendo. Pero a veces, justo cuando empieza la siesta y las hojas de la parra susurran con el viento, me parece oír aquel suave ladrido.
Y entonces recuerdo que Amigo no fue solo un perro: fue el primer ser al que cuidé, fue un secreto compartido con la abuela y, sobre todo, fue un pequeño corazón que robó el mío.
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