JL Rivas

Ambición y talento

   —Podéis descansar, Santo Padre, —dice Giovanni—; por hoy no trabajaremos más.

     —Estoy bien, sigue pintando, —ordena el Papa—, por mí no te preocupes.

     —No tenemos ya luz.

     —Enciende velas, todas las velas del palacio, si hace falta; este cuadro tiene que estar terminado para el cónclave, —replica, alzando la voz—; te lo he dicho mil veces.

     —Santidad, ¿queréis que os pinte airado y violento como estáis ahora?

     —¿Cómo te atreves? ¡Eres un insolente! No te he traído a Florencia para que me desobedezcas. Déjame ver lo que has pintado. ¡Santo cielo! ¿Pero qué es esto? Ese no soy yo. Te pedí que me mostraras fuerte y poderoso, no soberbio y arrogante. Y ese rostro enrojecido…

     —Con todo respeto, mis pinceles pintan lo que ven, —responde el artista—. Y lo del rostro… es la ira que siempre os acompaña, señor.

     —¡Es inaudito! ¿Qué hacemos ahora?

Puedo rehacerlo todo, pero si no cambiáis de actitud, el lienzo seguirá reflejando lo que sois. Hay un largo silencio, Su Santidad se pasea por el estudio.

     —Está bien, haré el esfuerzo, pero me has humillado. Si el cuadro no está terminado en dos semanas, tu cabeza rodará por las escaleras.

     El Papa se retira con paso enérgico y el artista se derrumba sobre un sillón. Lo considera capaz de cumplir su promesa. Observa por la ventana los últimos rayos de sol que abandonan el paisaje de la Toscana.

     He pintado ángeles de mejillas rosadas que nunca he visto, y demonios echando fuego por sus fauces. —piensa—. ¿Por qué no puedo hacerlo con este verdugo? Porque es un pontífice al que no admiro; lo tenía en alta estima, pero ya no. Quisiera desaparecer en la noche, ¡cuánto extraño a mi caballo! Después de una pausa, en sus ojos se lee una determinación: afrontaré mi compromiso; será el más grande retrato que se haya pintado. Trascenderá la corte papal y será visto por reyes y emisarios de otros reinos. Yo también soy ambicioso.

     El cuadro está terminado. Ubicado en el mejor espacio del salón principal, es admirado por todos los visitantes. Es magnífico, comentan, y preguntan por el artista. El Papa ha dispuesto que Giovanni se coloque a su lado durante toda la ceremonia; lo presenta sonriente. Muestra una actitud bondadosa, amable, comprensiva. 

     —Su Santidad brilla, está cambiado, —murmuran los prelados.

     —Estimado Giovanni, —susurra el Papa—, tuviste el valor de entrar en mi intimidad y me mostraste lo peor de mí. Eso me permitió cambiar mi corazón. El cuadro me recordará siempre que mis peores defectos quedaron atrás. Permíteme nombrarte Pintor Oficial del Reino, mientras yo gobierne.

     Mucha agua ha pasado desde aquella noche estrellada en la que, exhausto y sin esperanzas, cruzó como una sombra el Ponte Vecchio. Y durmió tres semanas en una pocilga, hasta que el Papa accedió a recibirlo. 

Giovanni Renzo es ahora famoso; lo consideran un gran artista, Su vanidad está satisfecha.